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viernes, 10 de julio de 2026

ANTONIO RIVERO TARAVILLO. LO QUE IMPORTA

Lo que importa
Antonio Rivero Taravillo
Editorial Renacimiento
Colección Calle del Aire
Sevilla, 2015


 LO QUE IMPORTA

    Hace mucho tiempo que la poesía contemporánea dejó de ser un patio de vecinos  lleno de conflictos y con la pretensión de escribir a la contra. El presente muestra un discurso sosegado y plural. En la lírica actual conviven elementos de varias tradiciones que alientan la intención de acercarse entre sí, en el tratamiento del lenguaje y en los veneros argumentales. De esta digresión previa, la senda de Antonio Rivero Taravillo (Melilla, 1963-Sevilla, 2025) podría ser ejemplo paradigmático. El equipaje literario del melillense afincado en Sevilla durante muchos años es copioso y diverso. A su faceta de traductor al castellano de autores como W. Shakespeare, John Keats, Robert Graves o Harold Bloom, suma cuadernos de viajes, ensayos, biografías –imprescindible su trabajo sobre Luis Cernuda-, la novela Los huesos olvidados, colecciones de aforismos y un sendero poético que abarca entregas como Farewell to Poesy, El árbol de la vida, Lejos, y  La lluvia.
   Desde su inicio, la palabra poética emplea una perspectiva realista y figurativa. El texto acoge una anécdota aparentemente menor y cotidiana y profundiza en su indagación hasta perfilar destellos cognitivos sobre el ser y el estar. De ese modo, el hilo conductor de cada salida concede al pensamiento un amplio recorrido en el proceso de percepción de la realidad y sus interpretaciones. En las composiciones de Lo que importa nos sale al paso una reflexión que aglutina casi ochenta poemas organizados en tres conjuntos. La observación del testigo directo especula con la ficción autobiográfica y con las contigencias de un yo que percibe en su acontecer diario los pliegues del asombro. Sus apreciaciones conceden al tiempo un valor añadido y resultan brújulas eficaces en los itinerarios por completar.
   La lectura, y sus efectos secundarios, constituye una actividad central del hablante verbal. Varias composiciones abundan en el sostenido diálogo con la biblioteca. Por esa escala asciende “Rey Lear”; el poeta será una ausencia en las lejanas luces del quinto centenario, pero la versión al castellano de aquel hito de W. Shakespeare hablará por él, renacido en las manos de un lector. También el poema dedicado a W. Morris, cuyo ideario se esboza en una sugerente poética final: “El hombre es narcisista: así prefiere / un espejo a su semejanza, un sucio / andrajo de dudoso gusto, / agua turbia en la que reconocerse; / nunca la claridad, la transparencia / que exigen transparencia y claridad. “
   Transita por el segundo apartado la voz de Humberto Fabbro. El mismo autor hace memoria de su encuentro con él y nos desvela unas escuetas pinceladas biográficas que no hacen sino acrecentar la certeza de que el personaje es un alter ego que añade matices al personal camino de Antonio Rivero Taravillo. Se acrecienta el registro coloquial para glosar evocaciones; la dicción se desnuda para tejer secuencias de las que emanan indicios éticos. Las idealizaciones parecen avocadas a formar la textura de un campo de cenizas. Pero no solo cambia el sesgo reflexivo; también el formato experimenta bifurcaciones, como sucede en el poema “Asta y cuerpo” donde la repetición versal establece una llamativa combinatoria.
   El tramo final, “Sala de espera” compila el cajón diverso de lo cotidiano, como si fuese una fragmentaria lectura de la realidad en clave poética. Es la cronología de un tiempo que aglutina elementos al paso –qué atinados los poemas “Ciruelas” y “Biblioteca descarrilada”- o de lugares y sitios que acentúan la ubicación del sujeto entre lo transitorio mientras se desgajan inadvertidos “trozos, migajas raspaduras”.  Las palabras alumbran un terco análisis de las formas que confluyen en el entorno y son interlocutores que borran las cesuras entre pasado y presente.
   Suele mirarse con asombro el quehacer variado y humanista. Antonio Rivero Taravillo está en el extremo de cualquier práctica monocorde. Ya se ha dicho que en su taller conviven varios géneros que se complementan entre sí. Pero es sobre todo un poeta. Lo que importa destaca por su riqueza temática, por su originalidad metafórica y por el manejo de formatos que integran el escueto esquema del haiku y el poema narrativo que se demora en la descripción de lo percibido. Y en los dos casos, el lector percibe la palabra necesaria, el poema que habla con tono acogedor. La espiral de palabras que en el ruido diario preserva lo que importa.

JOSÉ LUIS MORANTE




      

martes, 22 de marzo de 2022

JOSÉ INIESTA. CANTAR LA VIDA

Cantar la vida
José Iniesta
Editorial Renacimiento
Colección Calle del Aire
Sevilla, 2021


CONCIENCIA DE LA LUZ


   En uno de sus libros menos conocidos, Gozos de la vista, Dámaso Alonso aludía a la palabra poética como liberación de lo contingente e iluminación de la realidad; resaltaba el hecho de tomar conciencia de lo transitorio para elevarlo a permanente y sustancial, preservando la esencia. Desde el título, Cantar la vida, José Iniesta (Valencia, 1962) abre las manos del poema a esta convicción estética. Ante un contexto cercano, maleable y difuso, en el que se van marcando las huellas del transitar y sus erosiones nos queda el cántico, la percepción interior de los signos que se acumulan en sentidos y pensamiento cuando ejercemos el papel de callados testigos del asombro.
   Desde que iniciara travesía poética, a mediados de los años ochenta, con la entrega Del tiempo y sus castigos (1985) el valenciano ha impulsado un quehacer no exento de circularidad temática. En él tiene presencia fuerte la idea del tiempo como tema central, aunque asumido en distintas perspectivas.
   Los poemas de Cantar la vida rememoran estelas biográficas en la memoria del camino; un recorrido que define sus calles como finitud y asunción de la condición transitoria de ser. La palabra revela fuerzas, es asidero contra la intemperie: “Es siempre posesión decir la vida, / asirme a cuanto veo con palabras. / Cantar es la manera / de encender una luz / en la cueva profunda de la carne, / la sola soledad, mi compañía “. El poema prólogo contextualiza el avance de un libro que arranca con el apartado “Dos apuntes sobre la poesía”. Son textos en prosa que indagan en la naturaleza del afán creador y en los pormenores escriturales de casi trece años de intervalo y tanteo. La mirada lírica de José Iniesta moldea una crónica vivencial; establece parámetros existencialistas a partir de la voluntad de aprendizaje del decurso vital. Fluyen en el discurrir los desajustes del entorno, nunca exentos de soledad y niebla y ese horizonte oscuro de la memoria que insiste en el recuerdo, con voz obsesiva, donde siempre van juntos el dolor y la dicha. La escritura es refugio, se convierte en un intangible patrimonio de soledad, en la música callada del silencio.
  Los poemas de “Inclinándome al daño” conforman una exploración del pretérito y de sus protagonistas más relevantes. Así sucede con “El padre dormido”, que concede a la ausencia la modulación del regreso. Las sílabas de la evocación suenan para rescatar aquellos gestos que conforman el epitelio cálido de los días comunes. Son composiciones que buscan la objetividad de una lente de cámara entre las grietas del pasado. Ofrecen ángulos de insólita fuerza reflexiva, como el poema “El corazón roto”, donde el niño es testigo por primera vez de la ominosa crueldad de la muerte, quebrando para siempre la inocencia y llenando los ojos con las sombras del miedo. Así nace la idea de una ficción autobiográfica que condensa, con prolijo aporte de detalles, y clarifica la dialéctica entre entorno y sujeto. El primero establece puntos de fuga; reajusta los pasos del trayecto personal e inunda la retina con aristas cortantes, como sucede en el subapartado “La frontera verde”, un conjunto de tres poemas que vislumbra ciénagas de nuestro tiempo, como las migraciones y sus trágicos efectos secundarios. Asomarse al ayer es también recordar la carta del primer amor, o los pasos del niño, o esa fotografía al trasluz de la belleza vencida.
   La escritura de “Tu materia  salvada” comienza con un poema que es celebración del cuerpo, ese abrazo que conforta “la miel salvaje del amor y la furia”. El intimismo comparte terapia y espera, la voz tenue de los sentimientos improvisando un nuevo marco de representación para que se liberen emociones y deseos. El amor se hace refugio y unidad, un viaje compartido que borra al paso otros itinerarios y ubica de nuevo un paraíso germinal.
  El poeta retorna en “Algo indestructible” a las razones del poema; si en el devenir suenan los ecos de una larga noche, se integra en los versos la necesidad de encontrar refugio a la inocencia y el asombro, a “esa risa que vence a toda niebla, / ese rostro del sol y de las lluvias / donde arde lo real, y es plenitud”. Se busca en la textura de lo cotidiano el puente firme que enlaza pasado y presente. El sujeto se define por identidades sucesivas, abocadas a desaparecer, como si la vida solo fuera “cauce y sequedad”.
   Cantar la vida se afana por trazar una crónica en instantáneas de lo vivido. Las composiciones recuperan el rumor de los días; crean estampas de diferentes texturas para evocar gozos y sombras proyectados sobre la pared del tiempo. Lo existencial es el amor que cobija y ampara, pero también la terca insistencia de la muerte y el cansancio; su siembra continua de impotencia ante la certeza de lo vulnerable. La realidad está ahí, muestra sus límites difusos; en el existir se hace cada vez más tangible el despertar de la noche. Nos queda la poesía, el quehacer firme de cantar la vida y preservar su andamiaje emotivo con la hondura sencilla del poema.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE