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domingo, 2 de junio de 2024

RAFAEL SOLER. MEMORIA Y NO

Memoria y no
Rafael Soler
Huerga & Fierro Editores
Colección Rayo Azul
Madrid, 2024

  

VOCES, DENTRO


   Rafael Soler (Valencia, 1947), poeta, narrador  y docente que impartió clases, durante tres décadas, en la Universidad Politécnica de Madrid, mantiene en su escritura una larga carrera, rica y diversa, que aglutina seis ficciones largas, dos compilaciones de relatos y media docena de entregas de poesía. Con el título Vivir es un asunto personal, como si la escritura fuera asidero permanente y semilla de todo, reunía su obra lírica en 2021, muy pocos meses después dela ensimismada soledad de la pandemia. Pero la fértil madurez del poeta sigue buscando savia en el árbol del lenguaje y saca a plena luz la caligrafía evocadora de Memoria y no. El título parece alimentar una contradicción léxica: suma la capacidad de reconstrucción de la memoria, como legado y percepción panorámica de lo vivido, y el adverbio de negación “no” que introduce un contraste, una pausa transitoria frente a los brazos abiertos del pasado, como si la arqueología sin costuras del ayer, como territorio básico de la identidad, necesitara también explorar otras rutas, abiertas por el onirismo, la imaginación o los reflejos plasmados en el cristal desvaído de los otros.
   La composición “Toda una vida te lleva a ser mortal”, frase que adquiere la forma sentenciosa de un aforismo filosófico, parece una  justificación previa del papel esencial del tiempo recobrado para encontrarse a uno mismo. Su planteamiento argumental integra el recorrido desde la salida auroral hasta el ahora. El despertar vital es anuncio y profecía. Se dispone, con afanosa aplicación, a repoblar el bosque del presente, meta de madurez que aguarda en silencio la llegada de las sombras, mientras mira despojos y cenizas.
    La primera parte “Memoria” integra las secciones “A reloj candente podríamos decir” y “Limpieza semanal con un cuchillo”. Ambas comparten, pese a sus dimensiones asimétricas, una clara raíz experimental, heredera de Vicente Huidobro,  César Vallejo y el Lorca más surrealista. Rafael Soler opta por un nítido desarraigo del trascurrir epocal. Camina a solas, sin hilvanes generacionales. Busca una dicción singular, densa y hermética. Amalgama en su pensamiento poético la intimidad confidencial de quien se reconstruye en el espejo de enfrente, no pocas veces con verbo irónico. Explora la sensibilidad profunda para que fluya un retorno que acerque las coordenadas de la existencia. En ellas se muestra una significativa búsqueda de nombres tachados, recuerdos y apropiaciones imaginarias que viajaban camino del olvido. Desde la pertinente observación indagatoria, la vida transcurrida se habita por una individualidad que sale al día; pronuncia convincentes argumentaciones de la palabra para dar tinta y papel a la evocación, para que adquiera cronología y sentido  lo perdido.
    La expresión “Limpieza semanal con un cuchillo” da fuerza a un despojamiento extremo y sin concesiones. El trayecto vital se desnuda y van emergiendo significativas presencias personales como la madre, el abuelo o el hermano casi angélico. Se retorna a la sensibilidad auroral de los días de infancia, esa esperanza de consumación y anhelo que miraba las pisadas del tiempo y sus puntos suspensivos esperando el asombro. El arte de la fuga ha hecho del trayecto un liviano depósito en el que caben secuencias de la educación sentimental y aquellos figurantes que intercambiaron ámbitos y voces hasta cruzar las puertas del frío, hasta forjar el extraño inventario de lo vivido, la íntima derrota de quien cierra los ojos y  siente entre las manos las migajas de nada: “Lo que queda / después de los aplausos”.
   La conmoción lírica del poema pronuncia en voz baja su indagación de la nostalgia. Cuenta el temblor que encierran los brumosos secretos de los días, convertidos en su deambular en “escombro y cuarentena / agrio piafar de lo perdido”. Mientras el sujeto se afana en ese vano empeño de volver al origen en su indagación de lo humano.
   La segunda parte “Y No” acoge los poemas de “Pabellón cinco, al viento los manteles”. Con fuerza admonitoria el lenguaje funde en el mismo abrazo olvido y memoria. La conciencia en vela muestra un territorio de frontera entre el escalofrío de lo cotidiano y la maleta gastada del discurrir onírico. Confinados en un pabellón para convalecientes solitarios, los pasos tanteantes del discurso asumen la intemperie del encierro. El lenguaje de la confidencia se dispone a caligrafiar la incertidumbre en un paisaje de pacientes y batas blancas. Quien habla en el poema y se pierde por senderos de grava es intruso de una imagen que apenas reconoce. El poema de excelente título “Tengo una ojiva nuclear en la nevera” subraya ese estar.
   El espacio poético de Memoria y no hace de la metáfora un instrumento expresivo esencial. Los poemas clarifican el ligero equipaje del yo; los vestigios dormidos en un tránsito que concluye en el vacío. Con emoción acogedora, el transitar y la identidad se hacen coordenadas reflexivas. Desde esa percepción, siempre bajo la lluvia del tiempo, se concreta el estar en una inabordable deriva. Se acumulan las pérdidas. La conciencia se esmera en rescatar signos de claridad y desenredar silencios. La lucha y el quehacer azaroso del yo preserva en la honda noche de la memoria “la falsa pulcritud de los escombros”.

JOSÉ LUIS MORANTE





sábado, 12 de diciembre de 2020

LEOPOLDO MARÍA PANERO. LA MENTIRA ES UNA FLOR

La mentira es una flor
Leopoldo María Panero
Nota de edición: Ángel L. Prieto de Paula
Prefacio: Davide Mombelli
Huerga y Fierro
Colección Rayo Azul Poesía
Madrid, 2020

 

HETERODOXIA

 

   El día 5 de marzo de 2014 fallecía en Las Palmas de Gran Canaria Leopoldo María Panero. El poeta tenía sesenta y seis años cuando concluía el largo viaje de su heterodoxia vital, entendida mejor desde las claves del psicoanálisis que desde la norma social, y de su ruptura con cualquier canon literario. Fomentó de continuo el mito del poeta maldito, aunque estuviese incluido desde su inicio en la emblemática antología de José María Castellet Nueve novísimos poetas españoles (1970), selección que marcaría el paso fuerte de la generación del lenguaje.
   La materialidad textual de Leopoldo María Panero formula ahora, gracias al quehacer editorial de Huerga y Fierro, una coda conclusiva con el poemario La mentira es una flor, entrega compuesta por cincuenta poemas inéditos. Parece necesario recordar que todo el cauce lírico paneriano promueve vectores tensionales que crean una inquietante extrañeza. En sus exploraciones, el decurso verbal alumbra el territorio del subconsciente y rompe la estructura lineal de la lógica. Los poemas deambulan con un fluir libre, desde la trastienda de una interioridad atormentada. Hijo del poeta Leopoldo Panero y de Felicidad Blanc y hermano de poetas, su biografía fue muy polémica, fue encarcelado en su juventud por su militancia política en la izquierda, se le diagnosticó esquizofrenia y pasó largas temporadas encerrado en hospitales psiquiátricos, aunque protagonizó una intensa vida literaria y fue  considerado por una larga senda de admiradores arquetipo del poeta transgresor.
  La nota de contexto del profesor y crítico Ángel Luis Prieto de Paula refrenda que este libro póstumo es un todo orgánico, con sentido unitario, que confraterniza con otras salidas del poeta en la utilería expresiva, las sendas argumentales y la parquedad ortográfica que suprime signos de puntuación. Por su parte, Davide Mombelli, en su prefacio, opta por adentrase en el periplo creador e investigar las posibilidades significativas de la marginalidad de Leopoldo María Panero desde la expresión poética y no desde los lugares comunes emanados de su postura vital. Lo que perdura es la obra, no el contingente biográfico. El enfoque no niega el sentido autobiográfico de muchos poemas y la abundante intertextualidad engarzada en la obra y perceptible también en los títulos. Por ejemplo, La mentira es una flor es un posible débito a la lírica de Jaime Gil de Biedma que alude a la ficcionalidad de la escritura y a su capacidad de crear verdad y belleza.
    Si el discurrir temporal hace de la memoria un páramo baldío, la palabra se hace necesario refugio para detener ese largo viaje hacia el silencio. Pero el recorrido poético de Leopoldo María Panero no enuncia o describe. Manifiesta una fe provisional en el cauce libre de la palabra, capaz de encadenar un monólogo incontinente y sometido de continuo a interpretaciones alógicas. En los poemas conviven realidades y márgenes, pensamientos reescritos y vuelos oníricos que acrecientan las posibilidades del lenguaje con una obstinada inclinación a lo simbólico y al sinsentido de lo caótico.
  La composición inicial recurre al referente cultural de Peter Pan para sondear las posibilidades de una etapa auroral que mantiene la retina limpia en el tiempo. Explorar la luz sin mácula del pensamiento es acrecentar la ruina de la edad y el desconcierto de la finitud. Nada queda en el yo de los campos semánticos del niño sino el horror de estar vivo, el claroscuro de la vida al paso.
   El son monologal suena reiterativo y denso, con la huella marcada en una indagación que tantea en lo oscuro. La escritura –qué expresionismo de imágenes- deja en el folio un reptar viscoso de gusano, como si alimentara el magma amorfo de la pesadilla y la sención conclusiva de que “el poema es un féretro para no soñar” sino para buscar la quietud y el silencio, la cercana presencia de la muerte. Es constante en las composiciones la sensación de delirio, el sabor amargo que deja en las palabras un zumo agrio de incertidumbre y soledad.
  En el libro se muestra la palpable solidez de aportes textuales ajenos. El arraigo del préstamo persigue, sin comillas ni signos de separación, una integración natural. hay ecos de la Biblia, Ausiàs March, Eliot, Pound, Borges o coetáneos generacionales. Sus entresacados sirven de aliento o inspiración, subrayan instantáneas del pensamiento conformando una densa biblioteca de la memoria. También ideas y núcleos argumentales de los poemas propios adquieren nueva vestimenta formal.
   La entidad expresiva del poema cobija enigmas y misterios, digresiones extrañas que apuntan a la insomne verdad de la locura. Por ello, resulta inevitable recordar que la esquizofrenia origina una pérdida de contacto con la realidad, aunque las percepciones sensoriales se mantengan.
   Escueta en su trazado lógico y con un magma de imágenes sorprendentes, la poesía de Leopoldo María Panero mantiene en su cadencia una agitación dolorosa y vibrante. Los argumentos de La mentira es una flor no tienen un trazado definido, propenden a la interpretación. Forman parte de una identidad desconcertante que sabe que la matriz autobiográfica es oscura, camina por el borde de lo posible y soporta el estado de sitio de lo caótico. Solo cabe la recuperación momentánea de lo vivido en el poema como una forma de quemar la realidad y la degeneración progresiva de la conciencia: “La vida es una úlcera en la sien del papel”.


 JOSÉ LUIS MORANTE





 

jueves, 26 de noviembre de 2020

BEATRIZ RUSSO. LA LLAMA INVERSA

La llama inversa
Beatriz Russo
Huerta y Fierro Editores
Colección Rayo Azul
Madrid, 2020

 

OLOR DE LA MEMORIA

  

  El relevantes trascurso literario de Beatriz Russo congrega diversidad. Su trabajo integra un paisaje plural, con itinerarios  por la poesía, los guiones cinematográficos, la traducción y la novela, aunque las tres ficciones narrativas escritas hasta la fecha permanecen inéditas. Como itinerario central, ha construido un corpus lírico que deja como andenes En la salud y en la enfermedad (2004), La prisión delicada (007),  Aprendizaje (2010), Universos paralelos, (10), Los huecos de la lluvia (2010), Nocturno intenso (2014), Perfil anónimo (2017) y Naobá y los pájaros (2018); en suma, una sólida producción en un lapso temporal que apenas sobrepasa los quince años.
   Los poemas acogidos en su entrega más reciente, La llama inversa, optan por un título simbólico. La densa carga semántica aglutina claridad, refugio y cercanía, pero también intimismo confidencial y camino. Con el epígrafe como referente cobra sentido orgánico un poemario que se organiza sus instantáneas verbales en dos grandes apartados, “La edad de los incendios” y “Lo efímero humano”, a los que sigue una emotiva coda final de agradecimientos.
   Beatriz Russo traza las líneas cromáticas de su visión estética empleando como única estrategia expresiva el poema en prosa. Es una caligrafía que acentúa la cadencia narrativa y el sentido unitario de La llama inversa, como si los textos hilvanaran en su conjunto un perfil autobiográfico, entrelazando palabra confidencial existencial y onirismo. Así sucede en el nutrido apartado inicial que lleva como citas de apertura versos de Vicente Aleixandre, Juan Larrea y Vicente Huidobro; son nombres de la tradición literaria con una relación directa con el ideario surrealista y en aleatorio fluir de la conciencia; sus citas comparten la inmersión temática en el fuego y sus matices. El poema de apertura postula una situación de partida: “Todo se inicia en la cantera.”; desde esa materia germinal amanece un propósito de construcción en el que la voz poemática está frente a sí misma, buscado sentido al deambular del pensamiento por lo transitorio. La llama entonces aparece como mínima lumbre que perdura intacta entre los muros de la reflexión.
  Existir es caminar sin tregua, hacer memoria de un cúmulo de secuencias vitales que delimitan el paréntesis de la infancia en un contexto en permanente construcción. El pasado se evoca como un magma que fusiona elementos sensoriales, destellos emotivos y las abiertas costuras del subconsciente. La voz del sujeto poético se hace también testigo de los pasos que comparten senda y contingencia, que van apurando los signos de identidad de una época; así se gestan mínimos homenajes a presencias que un día desaparecieron, dejando entre las manos un recuerdo tenaz, casi lleno de sombras.
   Cada texto conjuga un territorio introspectivo: “La tierra es un camposanto repleto de lamparillas”. La hoguera es el consenso fuerte de lo colectivo que a la vez concita el amanecer cálido y la sombra furtiva del pirómano que aspira a cumplir su rastro de inflamable destrucción. El apartado inicial está marcado por las coordenadas del fuego y por su  callado afán de acumular “cenizas a las puertas de las casas con su olor de memoria chamuscada” pero también por ese impulso de soledad que lleva a alejarse de la multitud para vagar por las asperezas de la intemperie, lejos de los códigos gregarios del grupo.
   En el apartado, algunas instantáneas cobran una gran fuerza emotiva; por ejemplo, las que describen el accidente físico y el rastro de la recuperación hospitalaria que obliga a erigir nuevos cimientos; la luz se vuelve amarga y se clausura el estar diáfano de la infancia para abordar  una nueva forma de caminar, de estar en el desamparo. Otras situaciones como el deseo, el desamor, la soledad o la muerte son estelas fuertes que marcan “la edad de los incendios”, ese tiempo en el que lo vivido se desvanece y se convierte en cenizas.
   El apartado “Lo efímero humano” define la naturaleza del ser en las palabras. La evidencia de la maternidad concede un nuevo papel  y disgrega una parte de la propia identidad, como si adquiriese vida un apéndice autónomo. El poema entonces se hace más indagatorio, como si necesitara buscar las claves del devenir temporal que da sentido al deambular de los náufragos. Se hace complejo caminar por una maraña de rutas sin que existe una luz que ponga un signo auroral en el horizonte; el terco fluir de los días invita a subsistir, como un mar en blanco que borra la necesidad de hacer preguntas.
   En La llama inversa  el poema en prosa se hace testigo de una voz herida por la evocación y la distancia. Con una dicción de máximo pulimiento formal se alza un techado de imágenes en las que resuena las vibraciones contradictorias de la percepción. Lo que se desvanece debe abordarse con elementos objetivos que confirmen las vibraciones iniciales y el hecho natural del crecimiento, sin connotaciones sombrías: “Ver nacer produce nostalgia. Ver morir es el principio del vértigo”.

JOSÉ LUIS MORANTE