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lunes, 9 de febrero de 2026

GABRIELA KIZER. EN FALSO

En falso
(2005-2017)
Gabriela Kizer
Prólogo de Luisa Castro
Visor Libros
Fundación para la Cultura Urbana
Madrid, 2022

 

CARTOGRAFÍAS

 

   El ovillo poético de Gabriela Kizer (Caracas, Venezuela, 1964), poeta y profesora universitaria, deja suelto su primer hilo en el umbral de siglo, cuando se publica Amagos (Monte Ávila Editores, 2000). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela, y magister en Literatura Latinoamericana Contemporánea de la Universidad Simón Bolívar, no tardaría en publicar su segunda entrega, Guayabo (2002). Adviene después un largo silencio, roto por la concesión del Premio Internacional de Poesía José Barroeta a su obra Tribu, que saldría de imprenta en 2011. El libro Pavesa, ya en 2019, prosigue el viaje lírico hasta En falso, que se edita, con el apoyo de la Fundación para la Cultura Urbana, en la prestigiosa Colección Poesía de Editorial Visor.
   En el prólogo “Gabriela Kizer en verdad”, escrito por la poeta Luisa Castro, la autora gallega sostiene que la mejor poesía solo puede explicarse desde dentro. Los versos son una forma de compartir el misterio. Proponen un viaje, una progresión que intenta reflejar “la dimensión sagrada de lo corriente”, desde la interioridad de una singladura iniciática y evocativa. Con esa voluntad, En falso abre riberas entre el conocimiento y la incertidumbre, nos acerca los trazos orgánicos de una compilación de poemas que es también dolencia de país, genealogía e identidad. Gabriela Kizer añade una nota preliminar que versa, en su hondura reflexiva, en la percepción del yo lírico y en su empeño por captar la esencia del tiempo y su forma de modelar la conciencia.
  El itinerario de En falso, que contiene poemas escritos entre 2005 y 2017, se fragmenta en cinco tramos, de los cuales el último solo contiene un poema, donde se integran siete momentos. Todos muestran una clara diversidad argumental y un registro cultural con sensibilidad abierta, que se ajusta al intimismo confidencial de la evocación y se engarza con los pasos del transitar biográfico.
  El comienzo sugiere un desandar hacia el pasado para reactivar vivencias dormidas. La presencia de rostros difuminados por el tiempo, o los días de infancia están presentes en composiciones como “Gregorio”, “Caída”, “Filiación “, y “Cuarto oscuro”. También busca sitio en el texto el espacio onírico del sueño, ese lugar sin coordenadas donde conviven monstruos del inframundo, dioses y héroes; personajes dispuestos a una representación pictórica, que captan la mirada del arte, o la tela del tapiz que borda fábulas.
  En esta primera parte, la muerte adquiere una dimensión expandida. Es el andén que culmina cualquier existencia. Un aullido despacioso y lejano en la infancia que se hace de pronto vecindad, cuando alguien próximo se ausenta para siempre, dejando la hendidura del dolor, la indescifrable escritura de los cuerpos cuando no están.
  Una de las cualidades de En falso, como se ha dicho, es la amplitud de tramas que admite en su desarrollo; el segundo apartado cobija una interpretación lírica del despertar sentimental. El poema se hace marco reflexivo de una época con muchachas, que trepaban los árboles del despertar emotivo, lejos de la niñez, cuestionando las dubitaciones del propio estar frente a la incertidumbre.
  La cercanía del otro se hace odisea. Obliga a repetir el sueño cumplido de aquellas presencias de la literatura que inventaron Homero, Dante y los que acercaron a la belleza del mundo para dar voz natural a los sentimientos. Las emociones afloran, sin imposturas metafísicas, con la mera intención de ir dejando las migas sueltas de un trayecto autobiográfico. El lenguaje testifica los pasos perdidos. Se hace crónica de lo transitorio. Refleja las siete vidas que tiene el amor para seguir latiendo, después de erosiones y pérdidas, en la cartografía de lo cotidiano.
   La tercera parte cambia el diseño formal para alojar al poema en prosa, cuya lectura remite a la proximidad de un magisterio, el de la escritora venezolana Elisa Lerner, quien escribiera Así que pasen cien años. Crónicas reunidas (2016). Los poemas enunciativos fluctúan entre lo personal y lo colectivo, entre el repliegue anecdótico y la necesidad de que la experiencia sea un nítido testimonio del yo colectivo. La crónica social de unas vivencias históricas, nunca homogéneas, que se alzan entre el espejismo y la representación objetiva, que sirven para repensar la verdad y su significación en el seno del tiempo.
  En esta sección aparece un recurso expresivo poco utilizado hasta ahora: la ironía; desde un elemento de la cosmética se juega con el doble sentido de la máscara y su ambigüedad semántica. También se perciben reflexiones metaliterarias, tendentes a liberar al poema del argumento y de los moldes estables de lo convencional, de los que construyen el poema desde la idea. La palabra desvela, como un guisante bajo el colchón; pero el logos no sabe cómo explicar su misterio, su significado subterráneo.
  Otra sensación fuerte que deja este tramo del libro es que la obra creativa de Gabriela Kizer se aleja del perfil unitario para explorar vetas sin aparente conexión entre sí. Un ejemplo de lo dicho se percibe en la cercanía de poemas como “Abolengo”, que narra una contingencia de las revistas del corazón, y “Filosofía de la composición”, donde el eco de Poe da vida a una larga meditación sobre las razones del hecho creativo.  
  Otra seña de identidad es la cercanía a nombres del canon y la convincente selección de citas relevantes, que crean en el lector animosas afinidades. El apartado cuarto arranca con una cita de Vicente Gerbasi, incluida en el poema “Cuota mil” y, de nuevo, en las composiciones hay un trasiego de referencias culturales que orientan sobre gustos musicales, indicios de lecturas, o acordes que sostienen la experiencia vital. Los textos dan la mano a trámites personales que dan fe de vida y muestran los costurones opacos de una realidad esquinada, que necesita filtrar en su epitelio unos rayos de sol. Así se constata, de forma sobrecogedora, en el poema “Crónica, 204”, que denuncia, con mirada crítica y fuerte compromiso, los graves acontecimientos derivados de la protesta social contra un régimen totalitario, que abocó al país a una pobreza extrema y a una feroz represión. Esa relación de crisis entre sujeto poético y entorno genera también otras composiciones como “La última diosa” y “Tierra de Gracia”, donde la percepción de las cosas anula cualquier esperanza y pone fin a la utopía, en un entorno cotidiano cenagoso y oscuro.
   El poema homónimo “En falso”, friso de siete teselas, conforma la parte final del poemario. La evocación recupera figuras domésticas. Abre la conciencia al recuerdo. Suscribe que la memoria es un vacío dilatado, una paradoja con remansos existenciales, contaminados por la decepción y el rastreo de falsas amanecidas. Sobre el entorno habita una nube de amargura, un mundo que no es, y exige una interpretación trágica. El lugar propios se hace arquetipo de la carencia: “desolación / procacidad, desasosiego / humareda/ demencia / ruindad. Una ciudad asolada por el derrumbe. Dentro de los ojos del testigo solo hay huecos, arenas movedizas, la inhabitable sombra de la nada.
  En los poemas de En falso Gabriela Kizer da voz a una mirada que serpentea por las avenidas de la conciencia para seguir el rastro de la evocación. También del compromiso solidario con la inseguridad de la existencia y sus dolorosas grietas abiertas. Existir es tratar de comprender. Convertir las preguntas en las últimas brazadas del náufrago.


José Luis Morante




viernes, 16 de mayo de 2025

NILTON SANTIAGO. VOCACIÓN DE NÁUFRAGO

Vocación de náufrago
Nilton santiago
Premio Juan Gil-Albert
XLII Premios Ciutat de Valérncia
Editorial Visor
Colección Visor de Poesía
Madrid, 2025


 GESTOS PERECEDEROS
 

 
   La obra poética de Nilton Santiago (Lima, 1979), Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y residente en Barcelona desde hace muchos años, ejemplifica un asentamiento sorprendente en el espacio poético contemporáneo. Desde su carta de presentación El libro de los espejos, editada en 2003, cada una de sus propuestas líricas conlleva el refrendo de un certamen literario de primera línea. Así sucede con La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional José Hierro de Poesía Joven 2012), El equipaje del ángel (Premio Tiflos 2014) y Las musas se han ido de copas, que consiguió en 2015 el Premio Casa de América de Poesía Hispanoamericana. El intervalo creador aglutina también las entregas Historia Universal del etcétera (Premio de Poesía Vicente Huidobro 2019), Miel para la boca del asno (Premio Emilio Alarcos, 2023) y, su último trabajo hasta la fecha, Vocación de náufrago que ha logrado el Juan Gil-Albert en el XLII Premios Ciutat de València.
  El sedimento común de estas entregas conforma una conciencia poética que entiende la escritura como una propuesta dialogal entre revelación y misterio. Las palabras se apropian de lo que sucede; superan distancias cognitivas para compartir el terreno movedizo de los significados. Este ideario fortalece el abandono de la subjetividad de los materiales confidenciales para centrarse en esos gestos vitales, perecederos y aparentemente fugaces, que nos humanizan.
   Dentro del quehacer de búsqueda de Vocación de náufrago encontramos cuatro apartados de diferente extensión, donde resalta de inmediato la abundante presencia de lo metaliterario. Los poemas aluden en sus versos a las zonas de riesgo de la escritura y desperezan su disposición para recoger indicios reflexivos. Las características del discurso lírico de Nilton Santiago hacen de la anotación estética un enunciado cercano, sin ninguna pretensión dogmática, y con una perspectiva de imágenes y símbolos que sirve de referente evocativo de sus magisterios: “Wislawa diría que también el poema / vive en ese vacío que ilumina, / en esa nada que lo contiene todo”. Lo paradójico sirve para conocer espacios de una conciencia en tránsito; mientras, el sujeto verbal acumula percepciones y sensaciones, frente al entorno. El poema acoge signos explícitos de lo cotidiano, mínimas contingencias que recrean las formas aparentes de un escenario próximo. Todo es quietud y reconocimiento de lo temporal, un inevitable sondeo en lo transitorio, donde leves signos marcan desapariciones y ocasos: “No cabe duda, / así como “escribir” es borrar palabras, / desaparecer / es la mejor forma de estar en todas partes”.
   El protagonista despliega el mapa de identidades dispersas, empeñadas en remontar la azarosa pendiente de lo gregario. Tras su insignificancia, la realidad se manifiesta con estridencia; descubre su intimismo; contempla e intenta entender los azarosos laberintos del destino, ese ánimo estacional que da vueltas y aclimata variables que traducen aceptación, soledad, percepción del paisaje o leves trazos sentimentales.
   La andadura es un viaje sin andén donde se rememora un itinerario que a cada instante reactualiza distancias. El cauce verbal aborda la manera de ser, un entrelazado de emociones y vivencias que hacen de las palabras su territorio natural. Ese clima poético propicia una crónica fragmentaria donde la voz reconstruye un relato vital, una aparente distorsión de lo real entrevista por alguien que duerme con el ojo abierto. La geografía argumental contradice el avance lineal, suma percepciones, elementos al paso y pensamiento al vuelo libre de la imaginación. Son los fragmentos del yo indefinido, donde se escucha el fluir de la conciencia y el revuelo del tiempo, reconstruyendo vivencias, acercando la memoria del pasado a un porvenir “que está ahí, a la espera de que le demos / al botón de lo que seremos”.
   Cada poema recuerda un remolino de ideas del que poco a poco emerge el sentido y sale a superficie. La situación familiar, los viajes, la presencia cercana de la muerte que nunca diluye sus huellas, los indicios de permanencia y las grafías de lo exterior conforman un tiempo de incertidumbre que, poco a poco, se vuelve inaprensible.  Desgajado de cualquier retórica, un aforismo da aliento al propósito central de la escritura, a ese caminar hacia dentro para esclarecer el sentido del hecho creador: “Los libros no hacen más que esparcir nuestras cenizas”.
 
JOSÉ LUIS MORANTE
 






 

 

martes, 14 de mayo de 2024

KARMELO C. IRIBARREN. LA ÚLTIMA DEL DOMINGO

La última del domingo
Karmelo C. Iribarren
Premio de Poesía Hermanos Argensola 2023
Colección Visor de Poesía
Madrid, 2024




PUESTA EN ESCENA


 
   Sin afectación intelectual y con la serena cercanía de la confidencia, la poesía de Karmelo C. Iribarren (Donosti, 1959) nunca pretendió ser otra cosa que felicidad lectora, un refugio seguro. Marcar la piel del agua de un vivir impuesto y rutinario que hace de las calles crepusculares una puesta en escena, aparentemente desatina y gélida, como esas horas grises de las atardecidas del domingo. No se elige ser; se sobrevive frente a los zarpazos de lo contingente, mientras el entusiasmo se constipa. Un estar desmembrado que deja el ánimo convaleciente y salpicado de escepticismo, convencido de que lo imprevisible anula la voluntad y tiene siempre la última palabra. Con esa filosofía ha ido creciendo en el tiempo el discurso poético del donostiarra hasta convertirse en una realidad tangible, en un legado pleno de solidez y fuerza emocional del que da buena cuenta Poesía completa (1993-2018) una geografía de entregas transitables con pórtico de Pedro Simón. El prologuista escribe:”Karmelo nos recuerda que no sólo somos las cosas que nos pasan, sino sobre todo las cosas que no nos pasan. Somos los trenes que no cogimos. Los amores que no tuvimos. Las veces que preferimos quedarnos quietos…”
   Aquella entrega parecía el escogido andén de un particular ciclo literario, una puerta de cierre que clausuraba por un tiempo la conexión emocional con la poesía. Pero las constantes vitales del poema siguen, son un continuo que se mantiene en vigor, incluso en estado latente, bajo mínimos, para retornar con fuerza al primer plano para manifestar de nuevo el ser de la existencia. Así nacen ahora los poemas de La última del domingo, ganador del Premio de Poesía Hermanos Argensola 2023, prestigioso certamen convocado por el Ayuntamiento de Barbastro.
   Vigilia y sueño se entrelazan para apagar la noche y dejar paso a la amanecida, ese territorio del sujeto verbal  en el que aflora la soledad, como un vaivén de olas que no deja de alcanzar el litoral diario, ese espacio de la monotonía en el que la rutina se hace fuerte: “Después de las catástrofes y las guerras, / después del infierno del desamor, / aparece ella, / como si nada, / y te ayuda a seguir adelante.” El paso rutinario es riguroso en sus límites, mantiene el ánimo tranquilo pero no anula el quebranto, ese paso cambiado del azar que trastoca razones emocionales. Este proceso, oscuro y lleno de interrogantes, reactualiza esperanzas y concede al poema otra oportunidad. La escritura es entonces un claro testimonio de lo mudable, una forma de observar síntomas que advierten que crecen cerca las expectativas y los logros, los devaneos de una realidad personal que incluso admite la lógica de la apariencia, los chistes malos, la inquietud y el desánimo: “La insensatez / campa a sus anchas por el mundo, / es necesario / acometer pequeños actos de cordura, / equilibrar un poco la balanza”.    
   El entorno conjuga sensaciones, convierte al protagonista verbal en una presencia que deja libertad a pensamiento y sentidos, que comparte los estados de ánimo del paisaje para que guarde sitio a las emociones y al despliegue de afectos, mientras el tiempo escribe su propia biografía.  De cuando en cuando el sujeto se vuelve hacia sí mismo para compartir las impresiones de una lectura, como sucede en “Historia de un poema”. Se mira en el espejo de lo autobiográfico para hacer un retrato de su estar entre palabras y de la aparente nadería crepuscular de lo laborable, hecha de menudencias destinadas a perderse en cualquier callejón de la memoria.
   Quien escribe retorna sobre sus pasos y busca matices nuevos en los itinerarios conocidos. Cuando habla del transitar colectivo se siente un aprendiz constante, una sombra diluida y fugaz; un habitual del conocimiento y la memoria que cuando sale de su recinto íntimo se lleva alguna ropa de entretiempo y el escepticismo pesimista de Cioran, como terapia básica contra el derrumbe: “Una dosis de Cioran / por las mañanas / me inmuniza para el resto del día. / Gracias a ella, / la estupidez y la maldad / no me cogen por sorpresa / y hasta pueden arrancarme una sonrisa / si sus efectos / al final resultan / más ridículos que fatales”.
   De cuando en cuando despierta, en el aire reflexivo del poema y sus divagaciones sobre la temporalidad, la brisa fresca de la ironía y el terapéutico sentido del humor. Las pequeñas dosis de pigmentos coloristas que dibujan sonrisa en las palabras. Vemos sus contornos en poemas como “El hartazgo de los ascensores” y “Damnificados”, composición en torno al mal trago de la felicidad de los otros, o el excelente “Ráfagas de optimismo” que convierte las conjeturas sobre la ausencia de amigos y conocidos en la posibilidad de una simple mudanza.
   El ámbito argumental de La última del domingo alterna en su dominio los pasos enmarañados del pensamiento, que llenan de incertidumbre e indagaciones tantas presencias anónimas, y los escaparates encendidos del ahora con sus rincones de claridad y penumbra. Precisas y con honda capacidad emotiva, las breves composiciones rastrean el azaroso oficio de vivir, ese espacio desangelado que marca a las razones del sujeto las zonas de supervivencia, el lugar donde la tinta blanca de la aurora encuentra sitio para el pasar machadiano, para ser protagonistas secundarios en los difusos papeles de una nueva representación.

JOSÉ LUIS MORANTE





viernes, 22 de septiembre de 2023

HUGO MUJICA. EN UN RÍO TODAS LAS LLUVIAS

En un río todas las lluvias
Hugo Mujica
Editorial Visor
Colección Visor de Poesía
Madrid, 2022

 

SEDUCCIÓN DEL SILENCIO

 

   Sacerdote, ensayista y poeta, Hugo Mujica (Buenos Aires, 1942) compiló su aporte lírico de amanecida en Poesía completa. 1983-2004. Aquel balance consiguió una recepción insólita que impulsó cuatro ediciones vendidas en un corto paréntesis temporal. Así toma cuerpo, con vocación tardía, un discurrir fecundo que muestra una insólita madurez expresiva en las entregas Y siempre después del viento (2011), Cuando todo calla (2013), título reconocido con el Premio Casa de América de Poesía Americana), Barro desnudo (2016), A las estrellas lo inmenso (2019)  y En un río todas las lluvias (2022).
   Son estaciones de un trayecto que han configurado, desde una dicción concisa y reflexiva, un ángulo de visión que entrelaza espiritualidad y despojamiento; que anuda en el lenguaje la seducción del silencio. Un silencio que emana del camino personal del autor y de su experiencia biográfica. El poeta vivió durante siete años en un monasterio trapense y fue allí donde comenzó a escribir poesía. La voz poética impulsa una hermenéutica de lo esencial. Una propuesta de transcendencia. Lejos de la digresión enunciativa, anecdótica y y confesional, la palabra de Hugo Mujica no busca respuestas; es una indagación pausada en el misterio que se convierte en una de las preocupaciones centrales del escritor. La poesía no dibuja la realidad, se demora en sus indicios para percibir su razón de ser. Escucha lo que las palabras no dicen en un brotar inasible que lleva a un proceso de autoconocimiento y abstracción. De ese aprehender emerge la poesía, el paso inadvertido del inicio.
  Desde los versos iniciales, Hugo Mujica enfoca el poema desde la mirada interior. Quien escribe se recoge en sí mismo, no para nombrar sino para escuchar; para intuir más allá de quien hilvana percepciones. Con escueta dicción, el poema alumbra; asume que la esencia habita en la paradoja y la interrogación; la quietud de los elementos despliega ecuaciones sin resolver que acaban fundiéndose en la quietud: “Hay palabras /    que son el silencio / de lo que ellas mismas / dicen/      dicen raíz /     no follaje”. Lo real muda en lo inasible interior; se asienta en los pliegues de la luz, activa un instante de vida que hace de la chispa plenitud y cumplimiento. Hay una confluencia entre lo que llega y lo que pasa, un umbral, una línea de cruce. Entender el poema es rozar su significado: “Al escribir con la mano / la mano es la que / enseña, /    pero lo aprendido / se muestra solo al final: / es lo que fuimos / borrando.”
  El sujeto poético no se muestra; sólo se hace vislumbre. Está ahí para buscarse en el fluir del pensamiento que quiere convocar al lenguaje. Quien escribe escucha; se hace indefinición porosa que aloja exploraciones capaces de captar el silencio; con su desnudez las voces vivifican y sostienen el cuerpo de lo nombrado. El poema es un tapiz propicio donde adquiere mucha importancia la configuración de los espacios versales. Conforman una partitura fragmentaria.
  Los versos quiebran la frase, alojan tras las imágenes su propósito de  desnudar al silencio del silencio. Desde el interior de los significados nace la hondura, todo ese instante que de pronto es nada, una vibración que enciende luz dentro del párpado.


 
JOSÉ LUIS MORANTE
 
 
 


lunes, 3 de octubre de 2022

KARMELO C. IRIBARREN. EL ESCENARIO

El escenario
Karmelo C. Iribarren
Colección Visor de Poesía
Madrid, 2022


CON LUZ DE NOVIEMBRE

  

   Poco a poco el entorno vital se va vistiendo con luz de noviembre. Reconstruye con paso sereno un itinerario de madurez en el que se despliega la conciencia, buscando su razón existencial. La mirada entonces se hace más honda, más esencial, más lenta. Karmelo C. Iribarren (Donosti, 1959) ha hecho de su poesía un cuaderno de viaje en el que buscan cauce las aguas neblinosas de la vida, esas huellas recientes de lo transitorio.
  Y este es el marco escritural de El escenario, la entrega más reciente del poeta, tras la compilación Poesía completa (1993-2018), itinerario de largo recorrido con prólogo de Pedro Simón, y la reedición en Papeles mínimos de su obra en prosa Diario de K (2022), una indagación autobiográfica en la que los concisos contornos del aforismo albergan los matices del pensar.
   El pulso en claroscuro del tiempo se ajusta con las citas de Luis Antonio de Villena, Luis García Montero y Ángeles Mora, tres voces que se asoman al camino para percibir su continuo deambular hacia el atardecer y su fuerza de arrastre. El poeta inicia escritura con una reflexión sobre el movimiento continuo, centro orbital de la filosofía de Heráclito, y la naturaleza paradójica del agua: “Quiere irse y no puede, / quiere quedarse y tampoco.”
   Pablo Macías, el mejor estudioso de la poética del donostiarra, ha resaltado la naturaleza de testigo activo del sujeto poético. La contemplación se convierte no en objetivación enumerativa del escenario sino en vía de conocimiento e interiorización. Muchos poemas moldean cálidas secuencias urbanas; conforman acuarelas verbales que retratan un ambiente y una conversación en soledad con el transeúnte que percibe. Es el caso de poemas como “Estampa invernal”, “Desde mi ventana”, “San Sebastián, Café Viena, Invierno”, “La vida en los cafés” o “Los cisnes”. Todos exploran mínimos horizontes cobijados en la memoria. Alzan arquitecturas de recuerdos, imágenes y sensaciones que dejan el tacto de que lo cotidiano se repite y vuelve. Respirar postula un largo viaje interior que nos conforma como sucesivos extraños que miran el mundo con el aire apagado del cansancio, como si poco a poco fuese languideciendo la fuerza del asombro sin hallar nada nuevo. Es el tiempo de los claroscuros: “Hay días grises, / tediosos / que, a última hora, / cuando ya no esperas nada / te sorprenden / con un crepúsculo espectacular. / Yo los llamo / días paradójicos: / su muerte los salva”; pero también de mantener intacta la verticalidad de la esperanza y a salvo de decepciones. Leemos en “Evanescencia”: Al despertar / de la siesta / -todavía un instante- la sensación de haber soñado / que un mundo mejor, / más habitable, / más humano / era posible. / Pero fue abrir los ojos / y olvidar los detalles”.
   La sensibilidad del tiempo y su disposición a la finitud está muy presente en El escenario. En cada amanecida resulta palpable que el discurrir tiene sus propios planes y es necesario abrir los ojos para perfilar cambios y mutaciones, esos inadvertidos arabescos de lo rutinario. Persiste en la retina un color otoñal, un fondo de imágenes que la memoria guarda al fondo para constatar su propia historia, su estela mínima de ascuas encendidas entre la noche al raso.
  Los poemas de El escenario trazan una estética de la humildad, una fotografía de poesía cercana, a trasmano de solemnidades y transcendencias. Prefieren un figurante cercano y reconocible en sus actos cotidianos, que adquieren una perfecta verosimilitud. Un paseante solitario se asoma al entorno y a sí mismo para encontrar un poco de seguridad y esperanza en el equilibrio inestable de la incertidumbre que le permita volver a casa. El tiempo se ha adueñado de las calles, marca ausencias, y va poniendo sombras en el recorrido, ese trayecto breve, repetido, tenaz, que se extiende “de la esperanza a la melancolía”.
   Desde esa certeza atenuada, nos llega la penúltima visión de casi todo, la perspectiva de un paisaje personal por el que deambulan sombras que pugnan por definir sus trazos, espaciosas aceras que tienden la mano a algún encuentro o acrecientan el frío de la soledad. Son los trabajos y días de un secundario, de una de esas identidades que parecen estar fuera de foco y que ajustan su inexistencia aparente a una poética en voz baja. Qué excelente reflexión metapoética en “Mis palabras”: Ni proponen enigmas / ni resuelven misterios, / son solo / esas palabras que utiliza la gente / para hablar de los asuntos de la vida / cuando se encuentra por la calle. “. Jaime Gil de Biedma habló en su poesía de esas palabras de familia tibiamente gastadas, y Karmelo C. Iribarren las abriga en la dicción coloquial del hombre común, de quien muestra en ellas sin muchas expectativas, mientras dibuja con pacientes apuntes  los límites de su mundo.
     El escenario no pierde nunca sus coordenadas de representación.  En él se dan las manos solitarios y ausentes. Soledades que dejan sombras de inquietud sobre la pared para ratificar lo inmediato; su paso itinerante y los efectos del tiempo. La caligrafía de esas horas lentas del crepúsculo que, poco a poco, se encaminan hacia un fundido en negro.
 
JOSÉ LUIS MORANTE