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viernes, 17 de noviembre de 2023

BENITO ROMERO. CABOS SUELTOS

Cabos sueltos
Benito Romero
Ediciones Camelot
Aforismos y Microrrelatos
Villaviciosa, Asturias, 2023

 

GENTE DE LA CALLE

 
  Cada escritor elige su particular cadencia expresiva, la propia interpretación literaria de una realidad expandida en la que trata de expresar recorridos mentales y sentimientos. Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983), Licenciado en Filosofía, Máster en Formación del Profesorado y profesor de instituto, mantiene una permanencia constante en las aceras del aforismo. A su lacónico misterio ha dedicado las entregas Horizontes circulares (2018) –Premio AdA de la Asociación Cultural Apeadero de Aforistas-, Desajustes (2020) –Premio de Aforismos La Isla de Siltolá en su segunda convocatoria-, y Una galaxia imperfecta (2022). Al cálido balance se suman las meritorias participaciones en proyectos colectivos como Diccionario Lacónico del recordado filósofo Miguel Catalán, Espigas en la era, diáfana antología de aforistas contemporáneos, impulsada por Elías Moro y Carmen Canet, que realza el intervalo de plenitud gozosa del decir breve y en Me acuerdo, un cuaderno colectivo coordinado por Karina Beltrán.
 La voluntad lacónica del escritor canario precipita una nueva amanecida, Cabos sueltos, un abrazo de complicidad entre el aforismo y el microrrelato que debe su título a un aforismo de Ricardo de la Fuente: “Es tan corta la vida que no alcanza para atar cabos”. Benito Romero organiza la producción del libro en dos partes de similares características formales, cada una de las cuales contiene tres secciones. Sin que existan quiebros ni rupturas en la temperatura general de la entrega.
  La sensibilidad narrativa concede al autor el perfil meritorio del testigo. Mirar fuera desde la omnisciencia es una invitación al asombro en la que se entrelazan percepciones, sentidos y pensamientos. Así se teje una red de situaciones que puntualizan momentos vitales y análisis de los laberintos del entorno rompiendo la estructura habitual de la frase breve mediante destellos dialogales. Cada periplo existencial consume tramos de apariencia diferenciada. La infancia, por ejemplo, es luz y claridad, confianza plena en la posibilidad que hace del lenguaje plenitud comunicativa, un territorio de paradojas y contrastes, una inagotable veta de humor e ironía en la que se contraponen los roles infantiles y la supuesta madurez adulta. En el apartado inicial “Metamorfosis” encajan estas secuencias que difunden el cromatismo del ahora con la espontaneidad de lo intuido. En la adolescencia, en cambio, se trata de mantenerse en pie sobre una tabla de equilibrio inestable.
  El mosaico convivencial del aula se convierte en asunto reincidente; es descrito repleto de hilarantes teselas verbales, como si la experiencia docente convirtiera el contacto con los alumnos en un manantial de ocurrencias. Son momentos únicos, deducciones gustosas, asonancias estridentes que percuten en la existencia desde enfoques heterodoxos. El profesor abandona el púlpito y el tono didáctico de la jerarquía para convertirse en un interlocutor cercano, dispuesto a compartir filosofía doméstica y terapia pensativa, siempre con una ironía entusiasta que transforma el surrealismo en abrazo.
   El veinteañero como etapa difusa que apenas participa del formato convencional de la madurez se aloja en “Tránsito”. Los mínimos esbozos argumentales apuntan al tratado sociológico sin pretensiones, sugieren planos mentales aleatorios sobre la convivencia, el sexo, las relaciones personales o los variopintos intereses que mueven los comportamientos sociales. En los distintos periodos vitales conviven el estruendo presencial del entorno y la senda hacia dentro, como se percibe en los fragmentos de “Ocaso”. El tiempo va depositando su epitelio de escepticismo y su grisura crepuscular; muda la visión subjetiva.
  En la segunda parte predomina un laconismo extremo. La reflexión existencial se asienta sobre el sustrato básico de una nimiedad aparente. Benito Romero enlaza entre sí las tres secciones con títulos complementarios: “Nimiedades mínimas”, “Nimiedades medianas” y “Nimiedades máximas” que se esfuerzan en alejarse de lo pretencioso para observar desde la distancia justa y percibir la voz directa del lenguaje. Las dudas permanecen en vigilia, dispuestas a preguntar de inmediato qué haces ahí, sentado y tan serio. El tránsito temporal acumula banalidades, pone a descubierto que la estela confidencial no es más que un cúmulo de obviedades y lugares comunes que dicen lo que dicen sin decir casi nada.
  La voz del aforismo admite muchas modulaciones. La brevedad encierra un cúmulo de enfoques. Benito Romero presenta en Cabos sueltos una geografía escritural donde se hibridan el apunte sociológico, el ludismo verbal del chiste y las instantáneas argumentales que fijan el momento. Quien escribe dibuja situaciones, muestra reflejos de una realidad contradictoria repleta de rostros anónimos que comparten el mismo espejo. Gente contradictoria que explora las dimensiones de lo real y las dimensiones especulares de las redes sociales. Una monotonía que vuelve sobre los mismos temas como si fueran las casillas de un jugador de ajedrez. Pero en ese estar contradictorio y repetido siempre hay hendiduras gozosas, respuestas a la condición de ser, lugares que nos muestran el forcejeo con la realidad para salir indemnes a diario. Siempre un disfrute la levedad en vilo de Benito Romero.
 
 
JOSÉ LUIS MORANTE  
  
 

lunes, 15 de julio de 2019

MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ. VERSOS Y PROSAS

Caída libre
Miguel Ángel Gómez
Libros Al Albur, Apeadero de Aforistas
Sevilla, 2019 



MIGUEL ÁNGEL GÓMEZ: VERSOS Y PROSAS


   Aunque algunos poemas sueltos se publicaron en proyectos colectivos anteriores como las antologías Soledades juntas (2005), Perro sin dueño (2007) y El triunfo de la muerte (2011) el quehacer literario de Miguel Ángel Gómez (Oviedo, 1980), Licenciado en Filología Hispánica y docente de Enseñanza Secundaria, protagoniza en los últimos años un insólito crecimiento en verso y prosa.
   Hace apenas un año, ediciones Camelot, publicaba Sombra, sexto poemario del autor y muestra clara de un ideario que hace del surrealismo, más que del culturalismo, uno de sus veneros centrales. A pesar de que el poeta alude a magisterios como Allen Ginsberg, Gary Snyder o Sharon Olds, voces en las que el pacto realista se convierte en estrategia enunciativa, la poesía de Miguel Ángel Gómez confía en la imagen y vela con frecuencia los significados con una notable arquitectura de símbolos. El resultado es un decir que expande temas de un modo personal, hermético y con amplia libertad para dar cauce a los contenidos sentimentales. Sombra es un poemario amoroso que deja al yo verbal en ese estado de intimidad desbordada que contrae lo racional y vaporiza el onirismo.
   Frente al pautado discurso de lo racional, la voz poética del escritor completa un decálogo que hace de la norma un entrelazado de confabulaciones imaginarias, de fantasmas en libertad, de especulaciones sobre lo real: “Escribir es lo que te permite decirle que se quede cuando ya se ha ido”.
   Su séptimo aporte, Canciones acusadoras (Baile del Sol, 2018), con prólogo entusiasta de Marcelo García, está centrado en la actitud poética y en su cultivo del asombro y echa a volar sus composiciones con similar impulso amoroso. Para el sujeto enamorado el deambular diario es un entorno sentimental y habitable que justifica cada gesto. De cuando en cuando, habitan los poemas presencias rescatadas que rompen la verosimilitud intimista para dar a las composiciones el evanescente aspecto de algún sueño o el recorrido sosegado por las calles tranquilas de la imaginación. 
  Miguel Ángel Gómez bifurca su taller literario; cultiva la narrativa, el relato breve y la crítica, géneros que ahora dejan sitio a su primera salida aforística, Caída libre (Libros al Albur, 2019). El escritor se suma así al cauce de lo fragmentario en Apeadero de Aforistas, con una entrega abierta con dos textos casi programáticos de Leopoldo María Panero: “Qué vana es la caída, digo el verso” y Max Aub: “esta minúscula caída”.
   En la codificación habitual del aforismo filosofía y senda poética mantienen un trazado casi equidistante: “El poeta y el filósofo permiten que nos despojemos de todo menos de la mente”. El pensamiento busca materiales de uso en la introspección y manifiesta sus incursiones en el yo desde una expresión esencial, donde nada sobra, con esa convicción de que cada palabra es necesaria porque capta la esencia, especula, busca el asombro, sin miedo a caminar por el laberinto porque “Equivocarse con precisión es brillar con una llama nueva”.
   El aforismo es también un estado de ánimo: “Felicidad”. Qué palabra. Todos sabemos que empieza por “Fe”; la manera de embocar una perspectiva sobre el trayecto existencial sin que los pasos adquieran el peso alevoso del cansancio para renovar el vigor y la espera.
   La identidad de la escritura busca un espejo para la reflexión: “El poeta es un sastre con voz sonora que hace ropa para fantasmas”, “Escribir es que un millar de perfumes choquen entre sí”; “Un poema debe abrir la puerta con fuerza y lanzarse a través de ella”; “Es posible que la lógica sea incompatible con la inspiración y el caos sea un fogoso caballo de carreras”. Y un enunciado que sirve también para perderse de nuevo entre los poemas de Sombra y Canciones acusadoras: “Los que no entienden mi poesía están en el callejón sin salida del análisis de las causas y los efectos”.
   Fiel a sí mismo en cada género, Miguel Ángel Gómez escribe sus aforismos con la tinta colmada del poeta –“Los mejores aforismos alcanzan un esplendor tan rebosante que el alma se derrama”- para que la realidad se expanda en nuevos espacios reflexivos. Lúcido para abrir con cautela  los abismos del tiempo y explorar contraluces y trayectos, nos deja en Caída libre la mirada abierta de quien desea convertir el aforismo en un viajero, una conciencia en marcha que guarde sobresaltos y sentir.




sábado, 3 de septiembre de 2016

ISABEL MARINA. ACERO EN LOS LABIOS

Acero en los labios
Isabel MarinaPrólogo de
Fernando Álvarez Balbuena
Ediciones Camelot, 2016

ACERO EN LOS LABIOS

  Ninguna amanecida literaria tiene la luz del primer libro. En él se hace palpable la consistencia de una vocación  que encuentra sitio y el afán de seguir marcando pasos entre tanteos y sendas muertas, entre aciertos y búsquedas de itinerarios por explorar.
  Conocí a Isabel Marina (Avilés, 1968), poeta y periodista, en ese bar abierto a cualquier hora que es la cafetería digital de facebook. Y  allí he sentido, entre emoticonos y me gusta, su cercanía ante lo literario y sus continuos gestos amistosos, que ahora completa la dedicatoria de su primer libro, Acero en los labios, carta de presentación con una sugerente imagen de cubierta del fotógrafo Gonzalo Ramos y un liminar amistoso de Fernando Álvarez Balbuena.
  El prologuista aborda el ideario poético de Isabel Marina con verbo implicado y señala la elegancia de estilo, la riqueza imaginativa y la lograda expresividad de un léxico estricto y riguroso. Son trazos que invitan al lector a completar la imagen de la poeta asturiana hilvanando los puntos dispersos.
  Desde el arranque, “Como pobres diablos”, un latiguillo coloquial con algo de resignación, se percibe el empeño de huir de lo abstracto para ofertar una lírica escrita por la calma rota de un espectador que verbaliza “lejanos ecos / de vidas grabadas / en cualquier renglón”. El despertar diario es la crónica de una melancolía anunciada y llena las aceras de ensimismamiento y soledad: “Llueve./ Llueve implacablemente. / Mis ojos vacíos, / en este horizonte de clavos. / La oscuridad me envuelve./ Y los hombres que pasan / contemplan mi desierto. “. Mientras va creciendo la mañana con la pereza de lo rutinario se hace más palpable la opresiva sensación de un paréntesis cerrado de finitud, de habitar en un cuarto oscuro y triste que pone a cada sensación una etiqueta de material perecedero.
  El apartado central, “Esta ceniza seca” arranca con unos conocidos versos de Luis Rosales, el gran poeta de La casa encendida. En las composiciones que reúne perdura el tratamiento de temporalidad y el propósito de buscar sentido a la quietud de lo evidente: “Todo sabe a ceniza, camino polvoriento, / vastedad y pena. / La luz se irá poco a poco / sin drama ni tragedia, / y sólo quedará de nosotros / esta ceniza seca”. Mientras se deshace lo diáfano, la travesía marca su distancia bajo hojarasca y sombra. El avance del yo congrega signos de degradación; los ojos impactan contra el cristal opaco del temblor y la existencia adquiere la desolación de un descampado en la periferia.
  Los últimos poemas, “Somos fulgor”, buscan la luz de algunas certidumbres. la conciencia de ser abre puertas, se aleja del dolor y recurre a la voluntad para zarandear al cansancio: “La vida me reclama. / Ya ha llegado el tiempo / de sentir la lluvia, / de liberar mi nave, / en este invierno manchado / de miedo insensato. / Me alzo de puntillas. / Es la vida que me llama. / Es la vida que me empuja / hacia un nuevo canto “
 En Acero en los labios Isabel Marina plantea un viaje existencial; sus versos invitan a una reflexión sobre el tiempo y sus parámetros de caducidad. Su libro dibuja un viaje entre la sombra y el fulgor, entre el pesimismo y la creencia personal de que mantener un alba de esperanza requiere un rescoldo, una chispa encendida para que el párpado descubra una sonrisa.