Mostrando entradas con la etiqueta Ediciones Torremozas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ediciones Torremozas. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de octubre de 2020

MARINA CASADO. ESTE MAR AL FINAL DE LOS ESPEJOS.

Este mar al final de los espejos
Marina Casado
Premio Carmen Conde de Poesía 2020
Ediciones Torremozas
Madid, 2020

 SEDENTARIO MAR 

  Con madurez infrecuente, porque apenas sobrepasa la treintena, la singladura literaria de Marina Casado (Madrid, 1989) ya es una constante referencia entre las voces emergentes. Su fértil activismo es polisémico. Aglutina ensayos, la coordinación de varias antologías, y colaboraciones en prensa sobre aspectos culturales de Madrid, en el diario El País; pero el camino de la palabra que recorre con más entusiasmo es la poesía. Autora de Los despertares (2014), Mi nombre de agua (2016) y De las horas sin sol (2019), añade a su corpus lírico Este mar al final de los espejos editado por la emblemática Torremozas, tras ser reconocido con el Premio Carmen Conde de Poesía 2020. Alejandra Pizarnick hizo del poema una conciencia explícita; y a ella recurre Marina Casado para ubicar la apertura de Este mar al final de los espejos. El libro tiene como pórtico la composición “Tres espejos sonámbulos”, donde aflora un yo desdoblado en el espejo, que hace de su dibujo en el cristal una incisión reflexiva. Tiempo y noche crean el ámbito de un conocimiento y un estar en el que la razón poética se convierte en cumplimiento y destino. El poema sirve también como clave orgánica de los tres apartados iniciales. El primer espejo es oquedad y contenido; se titula “El hueco” y hace suya una cita de Rafael Alberti: “Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas”. En la realidad diaria convive lo diverso, como si el discurrir estuviese compuesto de inadvertidas floraciones; así, el espejo abre su fondo manso para dejar sitio al yo que fuimos, esa presencia casi borrosa que nos hace ser el trazo desvaído de un reflejo. También en su vacío, los pasos del ayer, aquella luz de una mirada limpia, que cobijaba miedos y veranos en la mano protectora, o las historias imposibles del corazón adolescente. Sueños con viajes y trayectos, hechos para el amor y la espera, aunque el certero instinto orientador de la decepción y el invierno apaguen pronto la esperanza. Prevalece en las imágenes de este tramo un pensamiento onírico, que guarda la fugacidad de lo transitorio o evoca secuencias que ya pertenecen a un calendario epocal, como el trágico final de John Lennon. La ausencia y el olvido se hacen vectores temáticos en la sección “Espejo II. La herida”. Constatan que la claridad ingenua de los sueños adquiere un perfil crepuscular. En el poema “El baile de los decapitados” el sugerente mundo de Alicia y sus maravillas es solo el aliento frío de las ilusiones marchitas y melancolía. La soledad del presente prodiga sensaciones de invierno, convocadas con excelente trazo en el poema en prosa “Noche ácida”, donde el estar conlleva una vigilia informe y “la memoria es un poco donde vivir a solas”, sin capacidad para conjugar los tiempos verbales de la amanecida. El epígrafe “Espejo III. La poesía” toma el pulso al estrato metaliterario y al lenguaje como punto de reflexión. No se dicta un ideario estético sino que se concibe el poema como un trayecto emotivo hacia el otro. Los versos convocan geografías de ausencia; a veces, concretas, como la que perfila el poema ”Madrid”; otras son territorios que siguen la estela de itinerarios existenciales; se hacen instantes vividos, como anticipa el guiño literario a Javier Egea, en el Paseo de los Tristes, o en aquella Roma de gatos y caminantes que se hace homenaje a Rafael Alberti.  La coda “Este mar al final de los espejos” se articula como un único poema fragmentado en el que el yo poético busca recuperar su espacio personal en el mundo, aunque sienta el hueco de la herida. La ausencia deja escarcha entre las manos; deposita en el hueco de un litoral sin nadie. En el temblor azul que cobija lo perdido, no hay respuestas para saber si el final es también apertura y comienzo: “Hay un mar al final de todos los espejos / donde mirar y recordarnos. / Llegará el día en que terminen los poemas / y una explosión azul, un precipicio, nos dirá lo que somos: se abrirán nuestros ojos / en los ojos del sol”. La poesía y el mar tienen la misma naturaleza, tangible y consistente. Los dos son símbolos inalterables de afirmación vital. Marina Casado lo sabe y lo celebra con un libro muy hermoso.




lunes, 15 de septiembre de 2014

ANTONIA HUERTA SÁNCHEZ. CLEPSIDRA DE INVIERNO

Clepsidra de invierno
Antonia Huerta Sánchez
Torremozas, Madrid, 2013


LOS HUECOS DEL INVIERNO
 
    La poesía de cualquier generación ha hecho del incansable rumor del tiempo un tema central. Así se ha ido enriqueciendo una tradición meditativa, basada en el diálogo a dos voces, entre sujeto y devenir. Antonia Huerta Sánchez (Almansa, 1973), Licenciada en Ciencias de la Información y Filología Hispánica, integra el comienzo de su itinerario creador en la senda elegíaca con un título, Clepsidra de invierno, que compendia inéditos y poemas adelantados en publicaciones como Letralia, Palabras diversas y Almiar cero.
   El conjunto inicial, “Cronofagia” marca las pautas de esta epifanía. El yo frente a sí mismo enuncia un soliloquio con el lenguaje cercano de quien prefiere entendimiento y compañía. La certeza de ser elementos en tránsito se hace evidente y los efectos de este viaje forzoso se multiplican en palabras y sueños: “ Da igual cómo se llame el infinito…/ Se agota cuando extiende una mano / amontonada sobre el terraplén de la historia, / insaciables las sombras que bordean / la tristeza y nos atan al desnudo / exhausto de los días”.
  Una cita de Yorgos Seferis sirve de umbral a la sección central del poemario, “Almanaque”. Otra vez se imprime en el cristal de la existencia el rostro de un sujeto confinado en el cauce de las horas, percibiendo en el tímpano el goteo tenaz de la clepsidra. Se mide lo perdido y su poder igualatorio que afecta a los sentidos y que deja su pátina sobre las emociones, que sobrevuela y condiciona el entrelazado relacional entre el yo poemático y otras presencias cercanas. Somos tiempo y lo saben las sombras y el silencio.
  Cierra el libro “estaciones en reverso”. Tras una evocación a Ángel Gonzalez, uno de los magisterios de la lírica temporalista, el hilo argumental busca enfocar la conciencia de los transitorio a partir de referentes culturales como Proserpina. Representa una identidad en la rutina que reniega de su destino y del conformismo ante un tiempo sombrío. También aparece la elegía al proyectar instantáneas de una infancia que late todavía en la memoria. El recuerdo, como un trastero abierto a lo vivencial, acumula evocaciones, encuentros y lugares de paso que duermen en los laberintos del ayer.
  El inicio de una travesía escritural, cuando ha superado las turbulencias de la publicación juvenil, sienta las bases de un ideario estético que hallará en futuras entregas maceración y oficio. Clepsidra de invierno es un poemario en el que resalta la coherencia estructural, el tono sostenido y esa cualidad que siempre busca la atención emotiva de un interlocutor, la cercana presencia de un compañero de mesa en la casa de las palabras.