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lunes, 23 de marzo de 2026

FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN. CUADERNO DEL QUE CALLA

Cuaderno del que calla
Francisco José Martínez Morán
La Garúa Editorial / Poesía
Santa Coloma de Gramenet, Barcelona, 2026


EN NOMBRE DEL SILENCIO

 

   Con título paradójico, prosigue senda poética con el libro Cuaderno del que calla Francisco José Martínez Morán (Madrid, 1981). Recuerdo a los posibles lectores los trazos biográficos esenciales del poeta: Doctor en Literatura Comparada, Licenciado en Filología, investigador literario, gestor cultural y docente en ejercicio. Su espacio creador levanta vuelo en 2006 con Variadas posiciones del amante, reconocido con el Premio Nacional de poesía Félix Grande. Desde entonces cultiva con pasión la poesía, publicando las entregas Tras la puerta tapiada (2009), Obligación (2013), Tacha (2018), Los cuadernos del frío (2021), No (2021) y Fábula del fragmento (2023). Como narrador incorpora a la editorial canaria Baile del Sol la novela Amistades comunes (2018). Colabora en revistas y radio y dirige la colección de poesía de la Universidad de Alcalá de Henares.
  Hablaba al comienzo del texto del carácter paradójico del título y explico brevemente mi consideración. El cuaderno es una herramienta de trabajo en la que el escritor reúne apuntes al paso y organiza la materia verbal; es, por tanto, el umbral de la palabra; una despierta vocación de memoria que se opone a la sílaba quebrada del que calla. Desde esa pauta y con una hermosa dedicatoria a la poeta Marina Casado, compañera sentimental y autora del breve texto de contraportada, se compilan ochenta y siete poemas breves, organizados en cinco secciones: “De un cuaderno sin luz”, “Parafernalia”, “De un cuaderno sin frutos”, “De un cuaderno cerrado” y “Tumbado”; todos con trazos meditativos de despojamiento y desnudez.
   El poema inaugural del apartado “Cuaderno del que calla” emparenta con el vislumbre lacónico del aforismo: “Terminará la luz / y no te habrá bastado.” Ese afán de definir el poema con la soledad habitable y el carácter íntimo del pensamiento moldean los versos con mínimos recursos. La voz, limpia y precisa, derrama transparencia. Es lenta y premiosa. Se adentra en las lindes de la noche hasta sentir el tacto de lo perdido, el frío de un cielo desmembrado. Sabe que el despertar supone aceptar la quiebra que conforma la perspectiva del yo poético: “Cuanto te gustaría que lo roto / ya no formase parte de quien eres, / que no fuera tu sangre y tu osamenta, / que no constituyese / el único sentido de tus años”. 
   El tono introspectivo de las composiciones hace del tiempo y sus certidumbres uno de sus vectores básicos. Los textos moldean soledad, ratifican sensaciones de hondura, asumen la caducidad, liberan sombras. Buscan respuestas, a través de la escritura, que hagan más habitable la casa, que aligeren la presión ominosa del pasado y diluyan la banalidad de quien percibe los puntos de cruce del entorno. Como si la representación hubiera concluido, toca bajar el telón, asumir las exactas dimensiones del teatro y abandonar las tablas para buscar sitio en otra parte: “vuelvo porque ya me he marchado para siempre”.
   Lo cotidiano forjó usos habituales. En torno a las cuerdas de sujeción del atardecer pende una monotonía hecha quietud, de la que conviene liberarse. Este afán se recoge en el segundo apartado, “Parafernalia”. Hay que recuperar la sensación de ser otro y estrenar un vacío en el que ya no este cobijado un pasado común, repleto de incisiones y recuerdos. Promesas e ilusiones conspiraron para ser Ícaro y habitar la caída, el error y el desengaño. Para ascender por los peldaños de un futuro imprevisible en el que no estarán los pasos del nosotros. ´Solo serán compañeros de viaje la “despresencia” y el olvido.
    Llega un tiempo de hastío y queda entre las manos, como enuncia el título del tercer apartado, la austera caligrafía de “Un cuaderno sin frutos”. Se impone, como tercos garabatos infantiles, la plenitud cansada de lo frágil. Los espejos resguardan quejas. Son apuntes de una realidad testimonial y objetiva que habla de soledad y carencia, de la triste penumbra del pasillo sin nadie. Todo el apartado amplifica con sus breves trazos la sensación de naufragio, ese dejarse arrastrar por un oleaje que no deposita en ninguna playa. Solo perduran algunas emociones como escueta terapia contra la conciencia de la ruina. Todo parece conspirar alrededor. El yo se hace refugio de sí mismo.   
   El apartado “De un cuaderno cerrado” atestigua un camino de vuelta. Otra vez el paso encuentra norte, una presencia firme que tiende la mano a la esperanza. La noche deja sitio al tacto rosado de la primera luz, aunque todavía perduren indicios de frustración y desconcierto, las reiteradas versiones de una misma decepción. Una orfandad cercana a la que conviene poner distancia, para que suene en el transitar de la mañana el rumor de la brisa que tiembla entre las ramas.
  La composición final de “Tumbado” reúne, con ritmo entrecortado, las huellas del yo frente a sí mismo: “Yo estoy tumbado / y así seguiré”. La quietud parece un horizonte estable y monocromo. Todo está en pausa. Espera, mientras el tiempo se desliza con vocación de ausencia. La realidad es un extraño hueco inhabitable. 
   Francisco José Martínez Morán vislumbra en las composiciones de Cuaderno del que calla el paisaje fallido de la realidad, sus luces mínimas, los trazos de un tiempo que se desvanece. Queda el silencio y la evocación, el parpadeo de la memoria, donde apenas se cobija el frío. Mas la vida persiste, reclama la mirada y pone en la ventana luz diáfana, la taza de café para el regreso.
 
 JOSÉ LUIS MORANTE





lunes, 20 de junio de 2022

OLGA BERNAD. LA VIDA EXTREMA

La vida extrema
Olga Bernad
Editorial Universidad Alcalá
Colección de luz, piedra y espejo
Alcalá de Henares, Madrid, 2022


 

GRIETAS DE LUZ
 

 
   La presencia de Olga Bernad (Zaragoza, 1969) en el callejero literario actual se define desde una amplia convivencia de géneros. Su dedicación integra los poemarios Caricias perplejas (2009), Nostalgia armada (2011), El mar del otro lado (2012) y  Perros de noviembre (2016), las ficciones narrativas Andábata (2010) y El buen amor (2013, el abanico de cuentos El polvo nihilista (2019) y la compilación de prosas misceláneas Algunos cisnes negros (2013). La voluntad creadora se expande también por colaboraciones críticas y antologías. En suma, un preciso equilibrio que acredita diversidad en los ángulos de visión, quehacer sostenido en el tiempo, conocimiento lector e indagación reflexiva en ese encuentro siempre volátil con la intimidad del sujeto verbal.
  Sin ninguna apoyatura prologal, salvo dos citas de Jorge Martínez y Al Mutanabbi, La vida extrema sugiere en su rótulo el carácter nuclear de una escritura frente a la ventana, que proyecta el deseo de hilvanar la esencia del discurrir existencial. Desde un lenguaje nítido y contenido, que abre en la materia del lenguaje una incisión en lo paradójico, se asienta la evocación como atinada valoración del instante en medio de la luz. Las palabras iluminan por dentro. Al cabo, para Olga Bernad el sujeto poético incide en el desgaste horizontal del tránsito hecho anclaje de grietas y erosiones y en el desdoblamiento de quien se pregunta, en un inacabable soliloquio que enlaza el pasado con el ahora.
   La realidad se niega, nace para morir; necesita las formas ornamentales de la imaginación. Esos no lugares tangibles y transparentes que nadie recorre pero que se muestran al sol de las palabras o en las tinieblas de la conciencia para conjurar la ceniza creciendo y preservar la vida agazapada en el silencio. Qué hondura fértil en los versos de “Lo que no está escrito”: “La vida agazapada, / lo que nunca está escrito. / Y ni siquiera yo sé sentir. / Quizá esa pena dulce que es más bien / ternura por las cosas / que pretendí guardar y convertí / en historias, quién sabe para qué.”
  Los poemas no ocultan las horas oscuras, la intemperie de quien fue expulsado de cualquier paraíso. La niñez queda lejos y parece vacía de sentido, pero, tras las grietas del día, se percibe una hondura fértil en la que se cobija “un vuelo suave, preñado de promesas”. En el interior de las palabras renacen también los pasos de la ausencia, como un rumor sentimental que zarandea para seguir aquí. Así sucede en el poema “De tu muerte”, un ajustado homenaje al padre y un alegato contra el olvido que nunca borrará el pasar mudable del tiempo compartido. Lo que fue retorna, compone dentro itinerarios concéntricos, es fruta hendida que contiene la pulpa vivencial de la experiencia y la claridad sensible del retorno: “El miedo y la esperanza devoran el presente. / Nos lanzan al inmenso castigo del futuro, / a ese sitio improbable donde nadie ha vivido, / a ese enigma que huye mientras nos acercamos / como si fuera niebla”. Esa sensación de incertidumbre es clave iluminadora, casi un motivo básico del sujeto poético para aguantar a pie firme la vigilia; ese estar en horas solitarias midiendo el paso de abatidas verdades.
  Se advierte de inmediato el impulso germinal de la memoria. Quien se mira es depositario de un transitorio bagaje de espejismos y sueños, de una precaria cuenta de resultados: “cada descubrimiento es una nueva / pregunta y una nueva despedida / de una certeza frágil que soñamos. Y a eso lo llamaron experiencia, / con esto construyeron / doctrinas, libros, mapas y ciudades. “
      De la pared del tiempo se van descolgando esos fragmentos mínimos compartidos. Una sucesión de vivencias que persevera y deja su lección vital, como si fuesen manos que sostienen, rastros de entusiasmo que dan raíces a los días marcados por la desposesión. En los pasos últimos del poemario, la composición “El beso de King Kong” alcanza un excelente nivel expresivo parodiando una de los hilos argumentales más celebrados del cine. El amor como puente que une a la bella y la bestia. Olga Bernad remoza el argumento y encuentra una maravillosa variación argumental que llega con fuerza de mediodía a las pupilas del lector.
   La vida extrema, tras el libro Elogio del instante de José Manuel  Lucía Mejías, inaugura la colección poética De luz, piedra y espejo, impulsada por la Universidad de Alcalá de Henares, dirigida por el profesor y excelente poeta Francisco José Martínez Morán. El significativo título conforma una breve meditación sobre la naturaleza solitaria y crepuscular del yo poético. Muestra la desoladora contingencia del devenir en un fragmentado soliloquio introspectivo que sirve para mostrar la aridez de los paisajes interiores. Olga Bernad hace del poema una mirada íntima, esclarecida por la belleza y el conocimiento; prende en las palabras un rescoldo adormecido capaz de recorrer las calles de sombra: “La vida nunca pide explicaciones / ni las dará jamás, pero no miente. / Ni juzga ni perdona, no lo olvides: / estás donde elegiste. / Y el mar mece cadáveres y flores”.
 
JOSÉ LUIS MORANTE



 
 
 

martes, 1 de junio de 2021

FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN. LOS CUADERNOS DEL FRÍO

Los cuadernos del frío
Francisco José Martínez Morán
Bajamar Editores
Gijón, Asturias, 2021

 

LA LUZ AL PASO


   Aunque el trayecto literario de Francisco José Martínez Morán (Madrid, 1981), Doctor en Literatura Comparada, Licenciado en Filología, investigador literario, gestor cultural y docente en ejercicio, ha alcanzado un extenso desarrollo desde aquel primer paso, en 2006, Variadas posiciones del amante, reconocido con el Premio Nacional de poesía Félix Grande, no fue hasta la preparación de la antología Re-Generación (Valparaíso, 2016) cuando tuve la oportunidad de explorar sus itinerarios creativos e incluso de presentar dos años después su anterior poemario, Tacha, en la programación cultural de Rivas. No me cuesta nada revivir las gratas sensaciones lectoras que me dejó aquel libro ni las conversaciones del escritor en torno a la escritura de su primera novela Amistades comunes (Baile del Sol, 2018).
   Ahora entrega un nuevo eslabón Los cuadernos del frío en la hermosa colección de BajAmar editores, impulsada por el rigor editorial y el incansable activismo lírico de Pascual Ortiz. En nota de contracubierta Federico Ocaña define el tejido textual del poemario con palabras precisas que invitan al lector: ”Los versos que Francisco José Martínez Morán nos ofrece en estas páginas (…) se leen como el código preciso de esta intemperie del idioma. ¿En qué otro lugar, en qué otro giro o danza del lenguaje, sino en esta concisa, casi inexistente memoria fuera de toda disputa que se arriesga a errar, que no es ni de unos ni de otros, en qué otro lugar que no fuera esta memoria de la lengua se podría escribir el frío”.
   El tramo de arranque “Raíces y atestados”, título cuya semántica es un tanto oscura, impone a la expresión verbal una senda de despojamiento y extrema desnudez. De este modo, el poema de entrada es monoversal y muestra la solemnidad lacónica del aforismo: “Tan solo cuando duele es luz la luz”; ese afán de mantener el tono del poema con mínimos elementos es continuo; la voz es lenta, premiosa, deshace nudos y significados, se diría que soporta una amanecida creada por la contingencia del dolor, única brújula en la que las cosas adquieren sentido. El despertar supone aceptar la pérdida y el error de no elegir el verdadero camino: “Te obcecas en el cuerpo que dejaste / atrás; en los espejos ves la ruina / de una estación sin nombre ni raíles. / terco frío de enero: la mañana / viste espinas, abrojo de relente”. Existir es sumar las grietas abiertas de la erosión, ser solidario con el desconsuelo y esperar en la oquedad dormida de la piedra porque “Usemos las metáforas que usemos / el muro sigue siendo solo un muro. / Nos sangran los nudillos / se nos rasga la piel al golpearnos” 
   El tono nocturnal de los poemas del segundo apartado encuentra un apoyo cultural en la Misa de Réquiem en re menor, K 626, de W. A. Mozart. Los textos moldean el marco final de la despedida, ordenado con algunas partes del réquiem: Introitus, Kirie y las secciones Dies Irae y Tuba Mirum. Llega el descanso, la asunción de ser luz y solo luz liberada de sombras que busca consuelo para no ser olvido y desengaño, víctima frágil de una voluntad omnipotente que barre la existencia.
   Solo dos poemas contiene el apartado “Concreto”, como si fuera un mínimo intervalo para recuperar la sensación de proximidad del entorno, la invitación al viaje y al poema que es también la presencia gozosa de dos cuerpos que comparten a solas el tiempo del hastío, la plenitud callada de lo frágil. También los apartados “Un frío de otro tiempo” y “Hablar de poesía” optan por la brevedad, más testimonial y objetiva en el primero, predispuesta a mirar lo cotidiano, o a moldear el poema con el tono solemne de un comentario de texto. Mientras, “Hablar de poesía” es casi una tesela reflexiva más que una incisión metaliteraria breve e íntima.   
   Cobra fuerza enunciativa el apartado “El cuaderno negro” otra vez como presencia firme del desconcierto y el dolor. Caminar es oír la orfandad del propio paso, acumular sensaciones de soledad y cansancio: “pero tu especie es solo diluirse / en un lento y apenas percibido / goteo de cristal y periferia. / Igual que en el cemento, la memoria: / una añoranza solo, destinada, a ser la grieta y todos sus derrumbes”. 
  Francisco José Martínez Morán vislumbra en sus poemas la ficción de la vida alcontraluz. Sabe que caminar es extravío en el tiempo y que todo lo que pasa es abrir puertas al hueco inacabable del vacío, “de lo perecedero y lo banal”; pero también así percibe cerca el peso firme del alba en el comienzo, esa canción de ausencia cierta que borra la penumbra y muda el frío en caricia impagable. Las palabras sonríen, son encuentro; por fin llega la luz.

José Luis Morante



 

jueves, 8 de noviembre de 2018

FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN. TACHA

Tacha
Francisco José  Martínez Morán
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2018

DERRUMBES


   A la hora de abordar la caligrafía poética de Francisco José Martínez Morán (Madrid, 1981), Doctor en Literatura Comparada e impulsor de eventos culturales, es inevitable referirme a la antología Re-generación (Valparaíso, 2016). Allí compilé las veinticuatro voces que bajo mi criterio –una sistematización siempre subjetiva y parcial- definían la primera promoción del Siglo XXI y allí estaba el poeta con una muestra lírica perteneciente a los libros Variadas posiciones del amante (2006), tras la puerta tapiada (2009) y Obligación (2015). Conviene reseñar que en su escritura también encuentran lugar propio el relato, cultivado en el libro Peligro de vida (2010) y la ficción narrativa, presente en su primera novela Amistades comunes (2018).
  En la construcción de su voz, el escritor maneja algunos caracteres que lo singularizan, sin declaraciones programáticas o dogmas estéticos: la opción por el poema breve, en algunos casos, casi lacónico y proclive al aforismo, la vigencia de un personaje poético con afinidades biográficas y la inmersión en un coloquialismo existencial que busca sentido al temporalismo. Leemos en el cierre del poema inicial, “Botánicas tardías”: “Trabajo. Certifico mi existencia. / Empiezo a ser yo más de lo debido”.
   Muestran los versos una sensibilidad cercana y confesional, nacida de esa extrañeza contemplativa que deja la percepción en vela. Existir es habitar una estratigrafía de angustia e incertidumbre. La composición traspasa apariencias para moldear una indagación filosófica a partir de las palabras. Escribir es también devanar los significados, como si en ellos habitara una amanecida diáfana. Imaginación y memoria se entrelazan para hilvanar respuestas a un itinerario temporal que se despliega entre la evocación y el ahora. Si en el poema “Vencejos dando vueltas en el patio” se hace una lectura de la fugacidad de cada instante vivencial, un método compositivo que también aflora en “Fundado en hechos ciertos”, composición que acaba con un verso memorable, de los que no se olvidan, el poema “Fe” abre la mirada hacia otro devenir para acariciar la piel volátil de un recuerdo.
   Cualquier poema transita por referentes culturales cercanos. En cada escritor convergen el continuo paseante de la biblioteca y el autor, esta circunstancia se percibe en “Desque vemos el engaño” cuyos versos se nutren de un conocido pensamiento lírico de Jorge Manrique; el clásico asocia la travesía biográfica como una senda que va acumulando pérdidas y erosiones, “como un tiempo en llaga”. De ese registro marcado por la verdad última del ser, que tiñe las palabras con un sesgo estoico y crepuscular, se contagia el poema que clausura el primer apartado, “Los símbolos antiguos”.
   El tramo siguiente integra en su pórtico un amplio despliegue de citas. Son apuntes que inciden en un mayor registro metapoético. La escritura se convierte en centro reflexivo en el que los quehaceres del sujeto lírico lo transforman en un escribano interpuesto y en cronista de lo transitorio. Protagoniza una labor volátil, una búsqueda de lo simple que convierte el devenir en tanteo. Leemos en “Poética penúltima”: “ Testimonio del mundo hecho pedazos: / eso es ahora el verso. / No más irremediable / que antaño, sino más / preciso, más exacto en la constancia / del fragmento que nunca / formó parte de un todo comprensible “.
   La canción como composición lírica recurrente, desde su origen provenzal ha mantenido una temática amorosa; pero su evolución en el tiempo ha trastocado referentes y ha integrado en su contexto asuntos diversos; sus limpias estaciones de otros días incluso admiten el desatino existencial que crea incertidumbre y desarraigo. Francisco José Martínez Morán dedica a su cultivo un apartado completo. Se percibe una tendencia al decir lapidario, como si despojase a los versos de bifurcaciones digresivas para centrarse en un planteamiento dubitativo: “A tus puertas cerradas me detengo, / pero no quiero abrirlas, ni que nadie / desde dentro pregunte a qué he venido”
  Tacha es un nombre propio, cuya piel de tinta evoca a José Hierro. Suena fuerte, sereno, sustantivo, como si confirmase una presencia omnisciente que unifica los pasos del libro, aunque no se muestre hasta el tramo de cierre. Pero el lector descubre de inmediato que Tacha es tachadura, un sustantivo de amplia variedad de sinónimos. Recuerdo tres o cuatro: mácula, tizne, defecto, oprobio. Son significados que expanden un estar pesimista; la senda umbría que anticipa el derrumbe. Son indicios que confirman la pérdida y el fruto estéril de cualquier búsqueda: “Todo se llama, al cabo,  / de la misma manera: en su universo / de meses sin palabras, cada día / es una prueba fiel del desencanto “.

lunes, 18 de junio de 2018

EN LAS ALCANTARILLAS

Miedos
Fotografía de
Revista Propiedades (2016)




ALCANTARILLAS

Todo está en otra parte:
lejos, como el deseo.
FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN



En la sombra dos puntos luminosos.
Una rata, sospecho,
que no aparta sus ojos
del resplandor lineal de las linternas.
Cerca, escucho un goteo,
resuena sobre un charco
de aceite y pestilencia;
contagia la humedad
al manchón de los muros.
Grietas ocres ascienden por la piel
de las alcantarillas
hasta el negro vacío
de otro túnel.
Más cables, tuberías,
excrementos
 y el denso chapoteo
sobre cemento y tierra
que engulle las pisadas.

Debo seguir. No hay miedo
más oscuro, más hondo.

            (De Pulsaciones)





viernes, 15 de junio de 2018

FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN. TACHA

Tacha
Francisco José Martínez Morán
Renacimiento
Sevilla, 2018


BORRADOS


   A la hora de abordar la caligrafía poética de Francisco José Martínez Morán (Madrid, 1981), Doctor en Literatura Comparada, docente, e impulsor de eventos culturales, es inevitable referirme a la antología Re-generación (Valparaíso, 2016). Allí se compilaron las veinticuatro voces que, bajo mi criterio, –una sistematización es siempre subjetiva y parcial- definían la primera promoción del Siglo XXI; y allí estaba el poeta con una muestra perteneciente a los libros Variadas posiciones del amante (2006), tras la puerta tapiada (2009) y Obligación (2015). Conviene reseñar que en su escritura también encuentran lugar propio el relato, cultivado en  Peligro de vida (2010) y la ficción narrativa, presente en su primera novela Amistades comunes (2018).
  Para la construcción de su voz, el escritor maneja algunos caracteres que lo singularizan, sin declaraciones programáticas o programas estéticos: la opción por el poema breve, en algunos casos, casi lacónico y proclive al aforismo, la vigencia de un personaje poético con afinidades biográficas y la inmersión en un coloquialismo existencial que busca sentido al cauce temporal. Leemos en el cierre del poema inicial, “Botánicas tardías”: “Trabajo. Certifico mi existencia. / Empiezo a ser yo más de lo debido”.
   Dejan los versos una sensibilidad cercana y confesional, nacida de esa extrañeza contemplativa de la percepción en vela. Existir es habitar estratos de angustia e incertidumbre. La composición traspasa apariencias para moldear cierta indagación filosófica a partir de las palabras. Escribir es también devanar significados, como si en ellos habitara una amanecida diáfana. Imaginación y memoria se entrelazan para aportar respuestas, o dar claridad a un itinerario temporal que se despliega entre la evocación y el ahora. Si en el poema “Vencejos dando vueltas en el patio” se hace una lectura de la fugacidad de cada instante, un método compositivo que también aflora en “Fundado en hechos ciertos”, que acaba con un verso memorable, “Fe” abre la mirada hacia otro tiempo para acariciar la piel volátil del recuerdo.
   Cualquier poema transita por referentes culturales cercanos. En cada escritor convergen el continuo paseante de la biblioteca y el autor; esta circunstancia se percibe en “Desque vemos el engaño” cuyos versos se nutren de un conocido pensamiento lírico de Jorge Manrique; el clásico asocia la travesía biográfica a una senda acumuladora de borrados y erosiones, “como un tiempo en llaga”. De ese registro, marcado por la verdad última del ser, que tiñe las palabras de sesgo estoico y crepuscular, se contagia la clausura del primer apartado, “Los símbolos antiguos”.
   El tramo siguiente integra en su pórtico un amplio despliegue de citas. Son apuntes que inciden en un mayor registro metapoético. La escritura se convierte en centro reflexivo en el que los quehaceres del sujeto lírico lo transforman en un escribano interpuesto y en cronista de lo transitorio. Protagoniza una labor volátil, una búsqueda de lo simple que convierte el devenir en tanteo. Leemos en “Poética penúltima”: “ Testimonio del mundo hecho pedazos: / eso es ahora el verso. / No más irremediable / que antaño, sino más / preciso, más exacto en la constancia / del fragmento que nunca / formó parte de un todo comprensible “.
   La canción como composición lírica recurrente, desde su origen provenzal ha mantenido una temática amorosa; pero su evolución ha trastocado moldes y ha integrado en su contexto asuntos diversos; sus limpias estaciones de otros días incluso admiten el desatino existencial que crea incertidumbre y desarraigo. Francisco José Martínez Morán dedica a su cultivo un apartado completo. Se percibe una tendencia al decir lapidario, como si despojase bifurcaciones digresivas para centrarse en un planteamiento dubitativo: “A tus puertas cerradas me detengo, / pero no quiero abrirlas, ni que nadie / desde dentro pregunte a qué he venido”
  Tacha es un nombre propio, cuya piel de tinta evoca a José Hierro. Suena fuerte, sereno, sustantivo, como si confirmase una presencia omnisciente que unifica los pasos del libro, aunque no se muestre. Pero el lector descubre de inmediato que Tacha es tachadura, un sustantivo aglutinador de sinónimos. Recuerdo varios: mácula, tizne, defecto, oprobio. Son significados que expanden un estar pesimista, la senda umbría que anticipa el derrumbe. Indicios que confirman la pérdida y el fruto estéril de cualquier búsqueda: “Todo se llama, al cabo,  / de la misma manera: en su universo / de meses sin palabras, cada día / es una prueba fiel del desencanto “.



jueves, 8 de enero de 2015

FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN. LUZ Y TAPIAS

Tras la puerta tapiada
Francisco José Martínez Morán
Ediciones Hiperión, Madrid
LUZ Y TAPIAS

   Francisco José Martínez Morán (Madrid, 1981) es Doctor en Literatura Comparada y Licenciado en Filología. Ejerce como investigador en el Centro de Estudios Cervantinos y participa como docente en talleres literarios de la Universidad de Alcalá de Henares. Coordina la publicación semestral Quebrados y es colaborador de varias revistas literarias. Su amanecer poético se fecha en 2005, cuando su poemario Variadas posiciones del amante  consigue el Premio Félix Grande. Continúa itinerario en la colección Polibea con el libro Obligación. El pórtico de Juan Antonio González Iglesias  define esta entrega arraigada en la tradición como “un libro barroco en sus formas y romántico en su hondura”. Si cada poeta emprende un viaje circular en torno a unas cuantas obsesiones, en el primer tramo de Francisco José Martínez Morán resalta como núcleo argumental el tema amoroso, pero el enfoque de Obligación se postula más próximo al vacío, la disgregación y la carencia que a la plenitud. El falso techo de lo vivencial cobija el desamparo; despliega un proyecto que lleva consigo el tránsito hacia la ceniza. Todo se corrompe. El yo poemático es consciente de esta contingencia y asume los indicios del vacío: “Observo la quietud. / Su piel está surcada por la herrumbre / de un hastío tan lento como el aire. “. También en la derrota, preserva su afán de búsqueda, percibe unos hilos de luz en medio de la noche y deja en el camino las huellas del pasar, aunque el amor se muestre solo en sombra y sea una extraña arquitectura de tapias ruinosas, una ciudad vieja de fachadas enfermas de abandono.
   En 2009 suma a su constancia el XXIV Premio de poesía Hiperión con La puerta tapiada. El enfoque meditativo describe la sensación de orfandad del sujeto verbal: “Y no posees más que la certeza / de estar ciego en mitad de un mapa mudo”. Lo existencial conlleva un estar intrascendente, fragilidad y decepción; esa sensación umbría hace de la muerte una presencia activa, un motivo recurrente y didáctico ante el que no cabe sino la quietud de la resignación y la lección cultural. Se multiplican los referentes literarios como sabios vestigios del acontecer.
   El segundo apartado de Tras la puerta tapiada está formado por poemas muy breves en los que predomina el trazo narrativo. Cada poema sugiere una secuencia, una lectura fragmentaria de los azarosos elementos integrados en el mapa de lo real. Otra vez resalta la conjunción entre memoria y biblioteca: “En más de una ocasión preferiría / Caronte ser su propio pasajero”. El amor y la temporalidad son sendas que reaparecen en el tercer apartado, “Las niñas descarriadas” en el que se recurre a la ironía como elemento distanciador y lúdico para celebrar el erotismo y sus huellas marcadas en lo sentimental. Y hallamos en los poemas finales cierta condensación aforística; en los cierres verbales predomina la indagación reflexiva, una meditada explicación existencial de nuestra condición de sombras solitarias, en el fondo de la caverna, y la precaria caducidad de cada latido.
   En la personalidad lírica de Francisco José Martínez Morán se reconocen siempre como rasgos propios la tendencia al poema breve, la impecable construcción formal y ese ejercicio continuo de vislumbrar enlaces entre literatura y cauce vital. Con esas pautas líricas se construye Tras la puerta tapiada, un libro excelente, claro y profundo, que aguantará erguido la oquedad del tiempo.