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miércoles, 6 de mayo de 2026

A SORBOS


   

A SORBOS

                                                                                               

Todo es siempre menos

JRJ

  
Extremó la prudencia verbal; no aventura palabras si no es en presencia de su diccionario.
 
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Afrontar sin amargura, sin gestos de abandono,  que lo que pensamos oculta lo que somos.
 
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Su cerebro contiene dos ideas; son tan opuestas que entre ellas cabe un sistema filosófico.
 
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Al florecer el día  rompe la quietud del reloj un aforismo. Sorbos cortos.
 
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Basta mirar la penumbra de alrededor para saber que no estoy.
 
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El puño cerrado de quien corta rosas.
 
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Una pobreza de hospitalidad irrefutable, capaz de ofrecer su vieja cama de faquir.
 
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El silencio y su fuerza de convicción. Sabe quién responde cuando nadie llama.
 
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El prudente convierte en coma cualquier punto final.

                                                                (Aforismos del libro OFICIO DE CALLAR)



 

jueves, 12 de marzo de 2026

LECTURA PERSONAL DE OFICIO DE CALLAR

Oficio de callar
José Luis Morante
Mahalta Ediciones
Colección Axiales, nº 3
Ciudad Real, 2026


CARTOGRAFÍA DE LA MADUREZ

 

Envejecí de golpe y cayeron las piedras

                    OSWALDO FLORES

 
   El poeta de Aguilar de la Frontera Vicente Núñez, tan aficionado al sofisma, escribió: “Cualquier lectura de un texto es válida. Excepto la de su autor”. Es una afirmación contundente que en mi caso genera un sosegado desconcierto. Defiendo exactamente la postura contraria: “El autor es el primer lector de su escritura. Conoce la raíz de cada renglón y las observaciones particulares de su contingencia”. Como admiro la obra del cordobés, mi disentimiento busca de inmediato entre ambas opiniones polares un ecuador conceptual, un eje de simetría en el centro: “Cada lectura es válida en sí misma; aporta una respuesta más, un reflejo, una certidumbre, aunque sea desvaída”
  Quien recorra los aforismos de Oficio de callar percibirá que esta recopilación de breverías se apoya en unos pocos núcleos de fuerza. Recalca la concepción existencial del yo pensante; muestra vínculos con el discurso de viva voz del tipo humano que protagoniza el andar biográfico. No hay despersonalización de la trayectoria vital; cultivo la dinámica continua de un aprendizaje que ha superado esa confrontación romántica entre escritura y vida. La identidad no es una aleación momentánea. Tampoco es un sendero lineal la expansión hacia el otro de la convivencia social.
   Desde el título, los aforismos cobijan una ironía sutil que desaloja certezas fósiles e inamovibles; escribí con la tranquila caligrafía de la madurez, en un intervalo temporal de grandes cambios sociales. En ese marco buscó sitio una mirada que tiende a la introspección. Quité sentimentalismo, fracturas afectivas y acepté que la amistad tiene una naturaleza efímera y tiende a diluirse en el tiempo.
  Me gusta pensar que el tipo humano que habita en mis aforismos se inserta en un paisaje cultural; forma parte de una tradición de valores que debe perdurar frente a la degradación. Abundan las reflexiones que sondean la cualidad ética de la escritura. El escritor está inserto en un marco histórico y sus enunciados definen un paréntesis cronológico convulso; adquieren, por ello, el carácter de una representación.
   Toda ontología personal supone un deslizamiento de onda variable. En esta superficie de abarcable diversidad el motivo amoroso constituye un núcleo central. El amor es un cristal- transparente o con niebla- que deja a descubierto el lenguaje contradictorio de la realidad. Entre la plenitud y la ausencia han ido escribiéndose textos cortos de una introspección que tiende a la solitaria quietud de la edad madura, a su carácter intimista y simbólico. Ellos ponen materia a un ideario estético que no es sino un puñado de certezas con límites difusos. Mis aforismos hablan de mí; son textos domésticos, si los dejo en la calle vuelven solos a casa. Buscan sitio en el lugar de siempre, ese rincón llamado yo.
  


lunes, 16 de junio de 2025

FRANCISCO CARO. FUENTÉVAR

Fuentévar
Francisco Caro
Mahalta Ediciones
Colección Adivinos
Ciudad Real, 2025

 

PAISAJES CON FIGURAS

 
 
   La visión poética de Francisco Caro (Piedrabuena, 1947) compila en Fuentévar un conjunto de reflexiones sobre la relación entre caminante y paisaje, donde no existe el frío. La escritura se hace memoria y vida, paisaje con figuras; marca huellas para adentrarse en las sensaciones de la contemplación. Con la luz desperezando y los fuegos fatuos del transitar temporal vislumbra un fragmentado testimonio que se apega a los hábitos del ser. Busca el poeta el lugar intacto del niño que fue, dentro con una perspectiva dinámica que acoge cambios y mutaciones en la fértil dimensión estética de la realidad cercana. El entorno natural de Fuentévar es sentimental, una constante afectiva escrita durante años con tinta fresca. Fotografía sitios manchegos en el término municipal de Piedrabuena, municipio de Ciudad Real que, todavía lejos de la urgencia digital, mantiene un sosegado lenguaje con el pretérito. En ese muestrario íntimo se recuperan, entre la inquietud de los olivares y la silenciosa espera del barbecho, la brisa del ayer y las resonancias del existir. El regreso al pasado no ajusta cuentas con las carencias que acumula el olvido. Tiene la sensibilidad elegíaca de quien sabe que en aquella claridad rosácea de los primeros pasos comenzaba un camino que ha cubierto una larga distancia hasta el presente. En el seno de ese recorrido, evocador y reflexivo, confluyen hendiduras biográficas y el merodeo sin cartas de navegar del aprendizaje sentimental.
  Fuentévar propone una indagación lírica donde se abrazan territorio e identidad; es un punto de encuentro para enunciar una geografía singular que aglutina topónimos dispuestos a una localización inmediata o concreta. Con lenguaje sosegado, pide la palabra la confluencia de diferentes elementos asentados en la realidad: la flora silvestre, el terreno de cultivo, la arquitectura rural, los riachuelos y el maar, un cráter volcánico. Dormido en la hondonada entre lentiscos, aquel accidente geológico perdura atento siempre a los ciclos estacionales, para convertirse en laguna primaveral o vientre seco, abierto al azul del cielo. Lo mismo sucede con la cuesta de la Asperilla, otro enclave que define una ruta para el caminante que se pierde entre los cerros, el bajo monte y los escalonados arbustos. Otro topónimo lugareño, Los Lomillos, celebra el rito matinal de la lectura en el despertar del día; en ese instante de la mañana donde el quehacer agrícola emprende sus afanes y un ruidoso tractor caligrafía en el cuaderno de campo de la tierra los surcos más tempranos. Otros nombres propios acuden de inmediato al territorio de la observación: Valdelamadera, Sierra de la Cruz o el río Bullaque, quejoso por el mínimo cauce que alienta su lecho en la sequía. En el reducido espacio del pueblo los lugares tienden puentes entre sí, descubren una amplia gama de formas y sensaciones, una crónica que narra la experiencia de un tiempo en el que se entrecruzan realidades y sueños generando un amplio muestrario de imágenes y palabras.
   El poeta entrega también una panorámica íntima de la casa familiar y sus distintas dependencias. Allí el patio reclama las sobrias labores de jardinería, y se recuerda la casa hecha refugio de soledad y espera. Los muros, en el complejo año de la pandemia, transformaron la condición de ser. La soledad se hizo confinamiento y buscó en la escritura su manera de estar solo. Mientras leo estos poemas de Fuentévar recuerdo el libro Aquí, editado en 2020, meses después de que se escribieron sus últimas composiciones. Los versos transmitían ese inefable consuelo de quien nunca está solo cuando está consigo, rodeado de nostalgia y recuerdos.
   A pie de campo, en el pueblo,  frente a un horizonte cambiante y convertido en mirada interior, quien percibe se interroga a sí mismo: “¿Por qué este afán / de dejar en papeles testimonio / de aquello que una vez me exigiera la vida? / ¿por qué volver a los relatos / de los azares y las decepciones, / de la verdad azul o de la inútil, / del dolor que pretende y sus melancolías?”. Con voluntad sostenida, la mirada nunca baja los ojos. Añora y reconoce, articula con expresión diáfana un terreno expandido que tenía la luz incipiente del futuro.
   El segundo apartado del libro “Germinal” elige como pórtico una cita de Sergio García Zamora. Los versos muestran su afinidad con el pensamiento romántico y su manera de abrigar el paisaje con la piel sensible de los estados de ánimo. Con tan relevante certidumbre, el hablante lírico se asoma a nuevos espacios de apertura sensorial y se hace interlocutor de enigmas e incertidumbres: la desazón de la vida en sí que atenaza el cumplimiento de los sueños, lo efímero de proyectos e ilusiones, injertados en la lejanía del porvenir, el gastado deseo… Sobre la existencia alza su hilo argumental el poema “Fuentévar”, con la desvelada conciencia de haber sido: “El asunto es vivir, / aunque el sol acarree las sospechas / de fraude en lo pasado /    (el aire baja y tizna / de caridad sin fe nuestra esperanza) “.
   La poesía rompe la semilla del asombro oculto que la conciencia guarda dentro. Cada identidad cobija, en el hondo recinto del estar, vivencias aurorales marcadas por la lumbre encendida de las emociones y el revuelo incansable del pensamiento. Francisco Caro escribe Fuentévar con la calidez agradecida del homenaje y la certeza de pertenecer al cuarzo interior de su espacio afectivo. El poeta manchego deja en los versos el alba del origen, un lugar con vocación de paraíso. Ese calendario sin tiempo de la felicidad hecha raíz.
 
José Luis Morante
 
 

 

viernes, 14 de marzo de 2025

JUAN RAMÓN MANSILLA. MANUAL PARA SACAR UN CONEJO DE LA CHISTERA

Manual para sacar un conejo de la chistera
Juan Ramón Mansilla
Prólogo de Rafael Escobar Sánchez
Mahalta Ediciones
Colección Adivinos
Ciudad Real, 2025 

 

MÁS ALLÁ DEL YO

 
   La travesía poética de Juan Ramón Mansilla (Tribaldos, Cuenca,1964) sale a cielo abierto en el despertar del siglo, dentro de la recordada colección de El Toro de Barro, con la entrega Los días rotos. Aquella carta de presentación impulsó pronto nuevos títulos del autor, que extendía su escritura a otros géneros como el relato o las colaboraciones en prensa. Pero la obra lírica abrió un largo intervalo de silencio que ahora se quiebra con la entrega Manual para sacar un conejo de la chistera.
   Rafael Escobar Sánchez se hace primer lector del poemario y firma el prólogo “Los huéspedes de la chistera”. La apertura, como no podía ser menos, deja una explicación del sugerente aserto que da título al libro. Su evidente carga paródica aspira a descubrir esa materia intacta del asombro que cobija el poema. La ironía y el humor son estratos necesarios que no restan nada al clasicismo formal y a la aspiración del poema de buscar un interlocutor dispuesto a compartir la textura emotiva o las confidencias de la autobiografía lírica. Al cabo, todo libro de poemas invita a la reflexión y descubre el interés luminoso del sujeto interior.
  Con el hermoso pórtico de Rafael Escolar Sánchez arranca un poemario que integra el poema umbral “Tono, vestimenta, calzado”. Es una invitación a escuchar el abrazo entre lenguaje y sentimientos para que se defina la identidad del yo; las palabras no son inocentes, marcan la piel del aire. Sin la dicción clara de lo emotivo, el sujeto se deshabita, vive a solas, confinado en un paisaje de aspereza que recuerda un túnel, una oscuridad densa, buscando a lo lejos una angostura, un lejano punto de luz.
  Juan Ramón Mansilla organiza su poemario en tres tramos en torno a núcleos expresivos referenciales. El primero “la casa de los rostros de ayer” enuncia el recordar de la evocación. El poema es testigo, en el cuajado bosque de los días, de una interminable estela de vidas, casi suspendida en el tiempo. No se trata de visiones fugaces sino de raíces de la identidad en un entorno rural, hecho de cercanía con la naturaleza. Lo cotidiano responde a las preguntas del niño con la percepción de lugares, horizontes livianos y una nutrida existencia animal que convulsiona la sensibilidad y se queda en los sentidos.
   La dormida silueta del fluir vital se hace mapa de reflexión en la vigilia del pensamiento y símbolo fuerte de mutaciones y cambios. La existencia se fragmenta y son necesarios signos y collages para conceder al contraluz de los relojes un latido unitario, una razón de peso que justifique las pequeñas historias. 
   El hilo de la segunda sección, “Música recercada”, enriquece su avance con alusiones culturales. Así sucede en poemas como “Lo real”, “Job”, “Ángeles” o “Lectura de Hamlet”; pero sus contenidos alumbran una gran variedad de asuntos. En los versos van emergiendo hasta la superficie del poema: viajes, lugares, fotografías, la vida concentrada en un instante. Asi se forma la desgajada esencia de una poética: “Quizá el poema sea este fumar discontinuo / la mecánica repetida del humo / lejos de la meta y de cualquier fin loable”.
   El transitar del apartado final, que se abre con la solemnidad de tres citas clásicas, muestra una realidad que va dejando rastros en el devenir, en ese solitario empeño de Penélope de tejer y destejer. La calle de lo cotidiano se perfila en los trazos del poema como un diario de retorno al ahora. La palabra es reflejo de la respiración acompasada del tiempo: “Podría escribir sobre la bondad de la sombra / pero es tan intensa la luz que nada es visible. / Días de cielos sucios embarrados de polvo. / Días en que no es posible el milagro / ni modo alguno de redención”.
  En el transitar intimista de Manual para sacar un conejo de la chistera la palabra poética acerca los virajes de la memoria y la grieta abierta de lo cotidiano. Se multiplican las instantáneas sobre las que estalla el desapacible goteo de indicios, que apunta lo que va a suceder. Si el pasado aflora, carga en sus brazos extrañeza y olvido, un desfile de ausencias que pone frío en la casa del tiempo. Queda la chistera como símbolo para recuperar el temblor vivido, las vibraciones de rostros y voces que se apagan. Ausencias que requieren un cálido ejercicio introspectivo, la mirada poética de quien retorna en busca de los tejidos más profundos del yo. Aquellos donde suena intacto la voz estremecida del silencio, su vacío.


 
JOSÉ LUIS MORANTE
 

 

miércoles, 29 de enero de 2025

ROSANA DE AZA. LIBRO DE LOS PAPELES PERDIDOS DE TAMAR DE CÓRDOBA

Libro de los papeles perdidos de Tamar de Córdoba
Rosana de Aza
Mahalta Ediciones
Colección Adivinos
Ciudad Real, 2024

 

OLOR A TIEMPO

   La lectura del prólogo “Noticia del hallazgo” que Rosana de Aza (Granada, 1958), poeta, pintora y flamenca, escribe para su entrega Libro de los papeles perdidos de Tamar de Córdoba refrenda la singular fortuna que el recurso del manuscrito encontrado ha tenido en nuestra tradición literaria. Enlazando ficción e historia, el descubrimiento del texto antiguo concede al autor verosimilitud y raíces antiguas de lo posible. La recuperación de personajes y sedimentos argumentales del pasado traslada vivencias hasta el espacio cultural del presente. La escritora tiene como norte de sus investigaciones el estudio del legado árabe y andalusí en Al-Ándalus, lo que se percibe de inmediato a la hora de transmitir una sensibilidad atemporal.  
   La escueta precisión del título que define el apartado inicial “Pergaminos” define el material poético como un conjunto de enunciados líricos, que preservan rescoldos sentimentales de otro tiempo. En los itinerarios del poema conviven dos espacios temporales, el pretérito y el ahora, con amplios espacios comunes que dan valor al tejido sentimental de cada identidad. La voz poética enriquece su condición de testigo con el tono confidencial en donde el amor  alcanza vuelo libre en ese cielo que despliegan juntas razón y locura. Pero no hay un único interlocutor; Rosana de Aza despliega otras fuentes confidenciales como Nawar, la traductora, o la voz femenina que aglutina deseos y pasiones propias del enamoramiento de Tamar. En este primer apartado resalta, junto a la reactualización del lenguaje poético, la riqueza de un vocabulario epocal que crea junto al esqueleto anecdótico,  una atmósfera de realidad.
   La lírica amorosa tradicional ha estabilizado tópicos y estereotipos al describir la relación de los amantes y la fuerza de su atracción carnal. En la segunda sección “Los papeles de Xátiva” Rosana de Aza muestra un nítido dominio del registro amoroso. Confidencial y cálido el poema mantiene la delicadeza deslumbrante de la efusión sentimental: “Äbrete para mí, Nazum, / como lo hacen las granadas / a finales de octubre… / y dame, además de noticias de Zaydun, / el jugo dulce de tus entrañas rojas.” Como breves fragmentos, los poemas recuerdan misivas verbales que acercan estados sentimentales y convierten al impulso amoroso en un árbol que necesita raíces y frutos, pero también savia fresca y riego continuo para que no se seque.
  El texto de introducción enumeraba los pequeños tesoros que contenía la gaveta, entre ellos monedas. Estos elementos sirven de aporte al apartado “Monedas y epitafios” en el que se dan cita las dos caras de las monedas de oro y plata, el dinar y el dírham mantienen anversos y reversos que alientan propuestas líricas confrontadas, pobreza y riqueza, dicha y tristeza. El apartado se completa con una selección de epitafios que marcan el umbral entre la existencia y la quietud de la despedida final. En la finitud las palabras se aferran a la permanencia, postulan una última reflexión en la que se igualan la condición del juez o del enamorado, la palabra del prócer y el habla de la vida cuando intuye que se convierte en humo y nada.
   El tramo “Palimpsestos” integra imágenes de gran fuerza expresiva para enaltecer la prestancia física de la amada, o comparar las sombras nocturnas con el luminoso momento en que llega la aurora. Las vetas argumentales son más abiertas y también la dicción expresiva mezcla campos semánticos del ayer y de ahora: “…Sótano, azotea, patio, pasadizo, / acequia mineral, parking municipal de pago… / Por todos ellos trasegó mi cuerpo / anhelando olvidarte”. Se nombra a Baudelaire, pero también a Ami Winehouse, a quien la poeta dedica una sentida elegía. Y las palabras retornan sobre sí para escribir una poética que habla de algunas certidumbres personales: la libertad de quien empuja el verso, su mirada crítica para dar voz a los que están silenciados y el sentido crítico para hacer del poema un recurso efectivo y venenoso, como la mordedura de una serpiente.    
   Los poemas que contiene el apartado “Papel blanqueado con cloro” suscriben los desajustes de la realidad y la necesidad de pensar en la indulgencia para sembrar un poco de esperanza en los azarosos laberintos existenciales. La vida es un cumplido inventario de contrastes y el balance exige comprensión  para entender tantos efectos secundarios. Ya no es Tamar quien habla, calla o siente; es un yo verbal cercano y próximo que sabe de amor y desamor y deja en las palabras la estela de una vida al paso.
   Rosana de Aza escribe en los poemas de Libro de los papeles perdidos de Tamar de Córdoba un cancionero amoroso que exalta la plenitud, el gozo y el ánimo inestable de quien está enamorado y es capaz de crear un tiempo atemporal, una cronología de descubrimientos e intemperies, un aguacero que empapa y vapulea.

JOSÉ LUIS MORANTE