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| Amanecidas |
LEYENDO A MIGUEL D'ORS
Salvo recuerdos tristes,
no guardo muchas cosas de la infancia:
lugares como sombras, escenas redundantes
que retornan ajadas, falsamente
maquilladas de olor y de ternura.
Yo, que nací en un pueblo
con tapiales de retama y de barro,
que soporté el trasiego de lejanos parientes,
que anduve en lodazales
a la caza y captura de gordos renacuajos,
que, escondido el pitillo
en cualquier parte,
puse cara de bueno ante el maestro,
leyendo a Miguel d'Ors
y tomando las huellas dactilares
a una felicidad rural y cristalina,
ante el feroz saqueo
del tiempo en mi memoria, me pregunto
si alguna vez fui niño.
(De Población activa, Gijón, 1993)


