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jueves, 3 de octubre de 2024

MARÍA ROSA SERDIO. ESCARCHA AL SOL

Escarcha al sol
María Rosa Serdio
Prólogo de David Fueyo
Bajamar Editores
Gijón, Asturias, 2022

 

SENSACIONES

 

   En la marejada incontinente de las formas breves –aforismos, haikus, microrrelatos o epitafios- que define el ahora literario y su pluralidad formal, hace mucho tiempo que la estrofa japonesa perdió su carácter pintoresco y exótico, por su lejana procedencia, para integrarse en el taller de autor como una posibilidad estética más, como un texto lacónico dispuesto a convertirse en senda habitable y cercana para ideas y palabras. María Rosa Serdio (Langreo, Asturias, 1953) maestra en su desempeño laboral, investigadora del folklore escolar infantil y poeta, retorna al cultivo del trébol verbal japonés con Escarcha al sol, un balance de ciento un haikus, publicado de nuevo en Bajamar, el sello editorial que capitanea con envidiable entusiasmo Pascual Ortiz (O lo que es lo mismo, el editor César García Santiago).
   David Fueyo convierte el liminar introductorio en una propuesta didáctica y rigurosa, en la que analizan las claves más definitorias del quehacer creativo de María Rosa Serdio. El aware, o la emoción del poeta, lleva al conciso esquema formal la sensibilidad desplegada de la escritora, una delicada tarea, exacta y fragmentaria, unas gotas de poesía que dejan en la mirada un sustrato delicado y espiritual; dice David Fueyo: “Escarcha al sol es un poemario elegante y sublime (…);  María Rosa Serdio representa en sus versos el enlace entre naturaleza y libertad”.
   El título Escarcha al sol es un bellísimo aserto que define lo perecedero. La gelidez quieta de la escarcha, que abre la mañana de invierno, se desmorona de inmediato, en cuanto aparece la primera transparencia solar. También podría apuntar una lectura simbólica sobre la fugacidad de la belleza, o sobre el renacer de los ciclos estacionales que secuencian, ante la pausa reflexiva del yo poético, cambios y sensaciones del discurrir temporal en su aparente calma.
   Es sabido que el haiku tiene una capacidad argumental omnívora; por tanto la organización estructural del libro suele establecerse por la semántica de sus temas. En el comienzo, el conjunto de “Portal”, en su manera más clásica, convierte el haiku en una poesía de estaciones. Quien mira en torno percibe los matices del otoño, busca los efectos de un intervalo temporal crepuscular que huele a leña quemada, a espera y soledad: “El ojo sabe, / a la puerta del tiempo, / ver lo profundo”.
   Todos los haikus de esta sección muestran la perfecta sencillez del esquema clásico, prosiguen la senda de las voces mayores que sedimentaron la estrofa en la urna breve del cómputo silábico 5-7-5, sin ninguna variación o torpeza; también en su tejido argumental hallamos el tejido ajustado de la lírica estacional, aunque los últimos textos indaguen más en la presencia de un sujeto pensativo que camina despacio para percibir el asombro limpio de la naturaleza.
   El segundo apartado “Sala de espera” traslada el escenario accional. Ya no es el marco natural quien propone instantáneas al paseante sino un ámbito cerrado, un espacio limitado por la espera, cuando la luz se apaga, y la posibilidad que se contrapone al estar quieto de la naturaleza y su quietud abierta. Los sentidos parecen cerrarse para que el yo pensativo emprenda un viaje interior a la conciencia: “En esta espera / los hilos de la voz / están cortados”. Otros ejemplos: “Mientras espero / doy fe de que la vida / es si respiras”, “Sala de espera: / Un sonido susurra. / La vida calla”. El hablante verbal percibe el junco frágil de la vida, siente que la urdimbre de la materia se hace con hilos de finitud y ocaso y el latido cotidiano se estremece con la llegada del frío y la escarcha: “Afuera llueve, / adentro es tiempo gris. / Huele a canela.”
 El tono melancólico y crepuscular de “Sala de espera” retorna a la luz en “Sigue el aliento”. De nuevo la esperanza camina con pie firme, como si otra vez la naturaleza se vistiera de celebración y canto. La devanadera del tiempo restablece vínculos, el entorno natural otra vez muestra su madeja de asombros ante las ventanas; la alegría es una forma de embellecer lo mínimo: “Cosas sencillas: / un papel, una brizna, / respiración…”, “Ha amanecido. / Hay un rumor de vida. / ¡Atenta al día ¡”.
 En los haikus de Maria Rosa Serdio está el aroma de la buena poesía. Quien escribe conoce el magisterio solar de los maestros y presta atención al latido del tiempo, a ese fluir existencial hecho de contraluces y esperanzas, de escarcha derretida y mediodía. Palabra florecida que ve a lo lejos y conecta con las precisas sensaciones que definen un instante de luz.

JOSÉ LUIS MORANTE



miércoles, 19 de junio de 2024

YASMINA ÁLVAREZ MENÉNDEZ. CANCELACIÓN DEL RUIDO

Cancelación del ruido
Yasmina Álvarez Menéndez
prólogo de teresa Soto
BajAmar Editores
Gijón, Asturias, 2024

 

 A SOLAS

 
   Retorno a la escritura poética de Yasmina Álvarez Menéndez (Tineo, Asturias, 1978), profesora universitaria de Didáctica de la Lengua y la Literatura, ocasional locutora de publicidad y actriz de la Compañía de teatro Pausa, con el convencimiento de que el intimismo reflexivo que abriera en su amanecida, Los versos que nunca os dije (2018), constituye un continuo afán de enlazar puentes entre el yo biográfico y el hablante poético. Temporal y perecedera, la existencia sirve de manantial a la claridad deslumbradora del poema. El estar en lo cotidiano se convierte en sedimento de reflexión y conocimiento. La voz hace girar al pensamiento para capturar emociones y recuerdos con la eficacia confidencial de un lenguaje figurativo y realista, capaz de alumbrar las zonas de penumbra de lo afectivo. La escritura deja destellos de un ideario asentado en la línea clara y en el magisterio de poetas como Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Nacho González o Aurelio González Ovies. Los versos palpan impacientes lo cercano, escuchan el fluir de la conciencia y definen una sensibilidad que explora con frecuencia las tramas laberínticas del yo pensante, pero que también hace sitio a la otredad de un mundo inacabado, que hace de la incertidumbre el discurso, el ruido epidérmico que se adhiere sin pausa a la cronología de la memoria.
   La nota introductoria de Teresa Soto recuerda la cita germinal de Chantal Maillard y los dos itinerarios indagatorios que abren cancelación del ruido. Las cicatrices y erosiones del deambular vital convierten la cronología del ahora en un punto de cruce de cenizas y vacío. El manso transitar de la escritura es la única manera de curar de quien siente alrededor un extenso espacio de melancolía. La realidad es desapacible y está llena de cosas oscuras y sin sentido. Solo la palabra poética confía en su capacidad de recuperación de lo perdido. Más allá del silencio sobrevuela una sensación de desvalimiento ante la falta de respuestas. Seguir caminando implica tantear nuevas rutas entre los pliegues por un entorno carencial, con frecuencia marcado por la ausencia y por el ruido de fondo de lo contingente.
   La poeta organiza Cancelación del ruido en dos tramos escriturales de longitud asimétrica. En el primero, “Morfología de la nieve” se remansa una voz crepuscular, que asocia el itinerario vital con la finitud: “Yo lo noto: cómo me voy volviendo / cada vez más triste, / más ajena, / más callada.”. El transitar convierte la presencia de la muerte en una presencia sedentaria y próxima que ennegrece la tarde y desnuda el otoño. El sujeto muestra en su soledad como se van quedando en la mirada trazos de fatiga y ausencia. Quien observa, reflexiona y recorre una íntima historia personal; sabe que los versos nacen al calor del silencio, son terapia y necesidad de vuelo, una manera de subsistir. Son también la huella firme de los que no están, de aquellos que abrieron los ojos y las manos para compartir la emoción del abrazo o sembraron la tierra fértil de los sentimientos, aunque un día se agostara hecha soledad y silencio, incapaz de afrontar la última mudanza.
   Empujado por su brevedad, el apartado de cierre “Diciembre o el aullido” incorpora una cita del poeta y pensador Miguel de Unamuno: “¿No  volveré a encontrarte, manso amigo?”, en la que se hace fuerte el tono elegíaco. El poema de apertura alza un escenario con la valiosa precisión de los sentidos: “Aún no ha amanecido. / La luz de la farola / amarillea los árboles. / Les adelanta el otoño. “.En él se remarca la soledad del yo poético que cubre su orfandad con el lomo cercano del animal doméstico, capaz de soportar cualquier tristeza. La memoria une evocación y ausencia, pero también por la estrecha angostura del tiempo se percibe el futuro, un itinerario que invita a sumar más preguntas que nadie puede responder ahora: “Quién heredará todo lo mío, / que es tan poco? / Qué estantes albergarán / cuando yo falte / mis libros más queridos, / aquellos que resistieron, / sin discusión posible, / a mercadillos y mudanzas…”
   Cancelación del ruido desanda la quietud de las horas para mostrar con voz confidencial un sujeto lírico cercano y sostenido por la gravidez de la palabra. Frente a lo que desvanece, la mirada serena del poema ha creado un lenguaje propio, una dicción que habla de lo invisible y de espacios de luz que alumbra la memoria. Más allá del vivir, desde la profunda incertidumbre de un tiempo escurrido, está el alba lejano de la esperanza, ese rumor que a tientas va llenando el insomnio con la claridad de un nuevo día.
 

JOSÉ LUIS MORANTE



domingo, 18 de octubre de 2020

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. EN TIERRAS COMO ESTAS.

En tierras como estas
(Poesía reunida, 1985-2020)
Juan Ignacio González
Prólogo: José Carlos Díaz 
Epílogo: José Luis Morante

  

TESELAS DEL CAMINO

 
   En la genealogía del poema se mantiene como verdad normalizada que nunca es solo una estrategia expresiva, abierta a modulaciones y matices, sino una forma de realización personal y de asumir, hasta las últimas consecuencias, el propio destino. Desde ese ámbito de compromiso con la condición de ser amanece, desde el impulso de BajAmar Editores, la producción total de Juan Ignacio González (Mieres, 1960), profesor universitario, integrante y fundador del grupo Cálamo y editor de varias colecciones poéticas. En tierras como estas reúne un intervalo creador de treinta y cinco años, desglosado en once entregas. Permite, por tanto recrear el trayecto completo de una voz que mantiene en el tiempo un fértil ritmo de trabajo y una lealtad de fondo al ideario realista. Los sucesivos andenes alumbran influencias y magisterios y así lo manifiesta, con cercana lucidez, la apertura de José Carlos Díez, que indaga en el recorrido desde su amanecida y en los elementos biográficos que han impulsado algunas entregas. Con enfoque similar, el epílogo insiste en la unidad orgánica del trabajo, la paulatina evolución y la importancia que tienen en la arquitectura literaria los significados y experiencias de la intersección entre sujeto y tejido social; ambos se definen desde un tiempo histórico concreto que moldea arquetipos sentimentales, ideológicos y éticos.
     El amanecer literario usa como umbral  Cuaderno de aves para un príncipe (2004-2011). El escueto principio de un solo poema emplea el monólogo dramático para dar luz a una identidad desgajada. El procedimiento, como se recordará, fue muy utilizado en el despegue culturalista de los años setenta, cuando alcanza su máxima expresión la caligrafía veneciana. El recurso está presente también en composiciones de El libro de las horas, lo que propicia en la expresión directa un sesgo enunciativo, donde adquieren rango la objetivación testimonial y el sustrato anecdótico. Léase, por ejemplo, el emotivo poema “Sobre la tolerancia, 1966”, marco evocador sobre el yo autobiográfico.
   El tema amoroso se aúpa en Otros labios, acaso, donde los acordes pensados del deseo evidencian el bálsamo de luz de la belleza y el intenso erotismo de los juegos carnales. Pero el nudo argumental sugiere otras perspectivas como el inciso reflexivo del solitario o la personificación y rescate de voces del canon como J. Milton, Rimbaud, Leopardi o G. Lorca que expanden otra sensibilidad vivencial del legado emocional del sujeto. Distinto es el contexto creado en El cuaderno de la ceniza donde la idea de temporalidad y acabamiento, evocada en la voz introspectiva de Seferis, de Andrade y Valente, percibe en el fluir cúmulos de pérdida y ceniza. La culminación del estar es el despojamiento de cualquier plenitud que tantea un tiempo de memoria y olvido. Esa percepción de finitud y melancolía sobrevuela también en Cuando enero fue pasto de las llamas; en su desarrollo toma forma una rebeldía amansada por el terco latido de los días, que aleja del protagonista lírico el vuelo de los sueños. Alrededor crece la ausencia, el denso respirar de sombras y certezas que acabarán tendidas en el barro de la decepción. El tejido sentimental y las palabras salvan, sostienen con cimientos humildes un canto renacido de esperanza.
   En el puzle de J. I. González Los nombres de la herida es tesela central. Rescribe un largo paseo interior en el que afloran las cicatrices marcadas en la piel del tránsito; la veta argumental trasciende la realidad concreta del sujeto para asomarse a las grietas de un ahora convulso que atestigua en su rostro plural las marcas del camino. En esta entrega ocupa sitio el poema homónimo “En tierras como estas” que contiene las coordenadas definitorias del existir: salir al día es trazar la estala de un nomadismo que depara un contradictorio aprendizaje vivencial, y un afán de sosiego que busca sitio y raíz para quedarse. Otras anotaciones acentúan el sedimento indagatorio. Conforman percepciones crepusculares que acercan a un paisaje otoñal, hecho de soledad y dolor, en el que se van disolviendo inadvertidas las líneas que marcaron el mediodía luminoso de la infancia.
  La fortaleza expresiva del título El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz) perfila la dimensión social de la entrega y los supuestos escenarios bélicos; pero también el tejido épico del vivir al paso, sabiendo de antemano que la realidad fuerza la previsible derrota. Queda entonces el peso del poema, su capacidad para dar voz a los desheredados o para poner nombre a las cosas, buscando sus aristas de verdad y belleza. Los versos construyen refugios de esperanza donde preservar maltrecho el intimismo; como alentara el eco fuerte de Joan Margarit: la poesía es la última casa de misericordia, una terapia para apaciguar los surcos de la herida.
  La senda renueva energías en el último tramo del camino y suma Los jardines en ruinas, un espacio verbal del romanticismo por el carácter simbólico que conecta la erosión exterior de la belleza con el ánimo interno del yo frente al paisaje. Quien escribe interroga la razón del poema; la palabra es imán que congrega emociones y pautas sensoriales, pensamientos, olvidos y regresos. El poema es también un eco fuerte de un legado cuyos versos reescriben la fuerza del amor, las crónicas del héroe o el frío entre las manos del invierno vital.
  El balance incorpora la pulpa metaliteraria en el libro Decir lo que no importa. Si los límites del lenguaje son los límites del yo, los vocablos alientan el latido de ser, miden la estatura del hombre, formulan un epitafio largo de preguntas que no buscan respuestas. Y queda como cierre del códice verbal Cuaderno del confinamiento donde un ahora de incertidumbre y miedo que constata la fragilidad y la clausura del sujeto en el envés del sueño. El silencio llama a la puerta, recuerda otros silencios de la historia que reencuentran su sitio en las palabras, y en un rincón oscuro del ocaso preserva la esperanza del regreso.
   En tierras como estas de José Ignacio González es una casa de poemas grande y espaciosa en la que se acomoda la existencia y anida la incertidumbre de ser. El diario de un viaje, sin héroes ni épica, que registra en sus versos la voz de un personaje cercano y humanista, compartiendo memoria y sueños. El afán de escritura nunca se distancia del muro frágil de lo colectivo, ese espacio que sigue buscando amanecida y abrazo, que proclama en silencio que la palabra será siempre audible melodía, la sombra en vela de algún sueño.