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domingo, 18 de octubre de 2020

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. EN TIERRAS COMO ESTAS.

En tierras como estas
(Poesía reunida, 1985-2020)
Juan Ignacio González
Prólogo: José Carlos Díaz 
Epílogo: José Luis Morante

  

TESELAS DEL CAMINO

 
   En la genealogía del poema se mantiene como verdad normalizada que nunca es solo una estrategia expresiva, abierta a modulaciones y matices, sino una forma de realización personal y de asumir, hasta las últimas consecuencias, el propio destino. Desde ese ámbito de compromiso con la condición de ser amanece, desde el impulso de BajAmar Editores, la producción total de Juan Ignacio González (Mieres, 1960), profesor universitario, integrante y fundador del grupo Cálamo y editor de varias colecciones poéticas. En tierras como estas reúne un intervalo creador de treinta y cinco años, desglosado en once entregas. Permite, por tanto recrear el trayecto completo de una voz que mantiene en el tiempo un fértil ritmo de trabajo y una lealtad de fondo al ideario realista. Los sucesivos andenes alumbran influencias y magisterios y así lo manifiesta, con cercana lucidez, la apertura de José Carlos Díez, que indaga en el recorrido desde su amanecida y en los elementos biográficos que han impulsado algunas entregas. Con enfoque similar, el epílogo insiste en la unidad orgánica del trabajo, la paulatina evolución y la importancia que tienen en la arquitectura literaria los significados y experiencias de la intersección entre sujeto y tejido social; ambos se definen desde un tiempo histórico concreto que moldea arquetipos sentimentales, ideológicos y éticos.
     El amanecer literario usa como umbral  Cuaderno de aves para un príncipe (2004-2011). El escueto principio de un solo poema emplea el monólogo dramático para dar luz a una identidad desgajada. El procedimiento, como se recordará, fue muy utilizado en el despegue culturalista de los años setenta, cuando alcanza su máxima expresión la caligrafía veneciana. El recurso está presente también en composiciones de El libro de las horas, lo que propicia en la expresión directa un sesgo enunciativo, donde adquieren rango la objetivación testimonial y el sustrato anecdótico. Léase, por ejemplo, el emotivo poema “Sobre la tolerancia, 1966”, marco evocador sobre el yo autobiográfico.
   El tema amoroso se aúpa en Otros labios, acaso, donde los acordes pensados del deseo evidencian el bálsamo de luz de la belleza y el intenso erotismo de los juegos carnales. Pero el nudo argumental sugiere otras perspectivas como el inciso reflexivo del solitario o la personificación y rescate de voces del canon como J. Milton, Rimbaud, Leopardi o G. Lorca que expanden otra sensibilidad vivencial del legado emocional del sujeto. Distinto es el contexto creado en El cuaderno de la ceniza donde la idea de temporalidad y acabamiento, evocada en la voz introspectiva de Seferis, de Andrade y Valente, percibe en el fluir cúmulos de pérdida y ceniza. La culminación del estar es el despojamiento de cualquier plenitud que tantea un tiempo de memoria y olvido. Esa percepción de finitud y melancolía sobrevuela también en Cuando enero fue pasto de las llamas; en su desarrollo toma forma una rebeldía amansada por el terco latido de los días, que aleja del protagonista lírico el vuelo de los sueños. Alrededor crece la ausencia, el denso respirar de sombras y certezas que acabarán tendidas en el barro de la decepción. El tejido sentimental y las palabras salvan, sostienen con cimientos humildes un canto renacido de esperanza.
   En el puzle de J. I. González Los nombres de la herida es tesela central. Rescribe un largo paseo interior en el que afloran las cicatrices marcadas en la piel del tránsito; la veta argumental trasciende la realidad concreta del sujeto para asomarse a las grietas de un ahora convulso que atestigua en su rostro plural las marcas del camino. En esta entrega ocupa sitio el poema homónimo “En tierras como estas” que contiene las coordenadas definitorias del existir: salir al día es trazar la estala de un nomadismo que depara un contradictorio aprendizaje vivencial, y un afán de sosiego que busca sitio y raíz para quedarse. Otras anotaciones acentúan el sedimento indagatorio. Conforman percepciones crepusculares que acercan a un paisaje otoñal, hecho de soledad y dolor, en el que se van disolviendo inadvertidas las líneas que marcaron el mediodía luminoso de la infancia.
  La fortaleza expresiva del título El cuaderno de la guerra (y algunas notas sobre la paz) perfila la dimensión social de la entrega y los supuestos escenarios bélicos; pero también el tejido épico del vivir al paso, sabiendo de antemano que la realidad fuerza la previsible derrota. Queda entonces el peso del poema, su capacidad para dar voz a los desheredados o para poner nombre a las cosas, buscando sus aristas de verdad y belleza. Los versos construyen refugios de esperanza donde preservar maltrecho el intimismo; como alentara el eco fuerte de Joan Margarit: la poesía es la última casa de misericordia, una terapia para apaciguar los surcos de la herida.
  La senda renueva energías en el último tramo del camino y suma Los jardines en ruinas, un espacio verbal del romanticismo por el carácter simbólico que conecta la erosión exterior de la belleza con el ánimo interno del yo frente al paisaje. Quien escribe interroga la razón del poema; la palabra es imán que congrega emociones y pautas sensoriales, pensamientos, olvidos y regresos. El poema es también un eco fuerte de un legado cuyos versos reescriben la fuerza del amor, las crónicas del héroe o el frío entre las manos del invierno vital.
  El balance incorpora la pulpa metaliteraria en el libro Decir lo que no importa. Si los límites del lenguaje son los límites del yo, los vocablos alientan el latido de ser, miden la estatura del hombre, formulan un epitafio largo de preguntas que no buscan respuestas. Y queda como cierre del códice verbal Cuaderno del confinamiento donde un ahora de incertidumbre y miedo que constata la fragilidad y la clausura del sujeto en el envés del sueño. El silencio llama a la puerta, recuerda otros silencios de la historia que reencuentran su sitio en las palabras, y en un rincón oscuro del ocaso preserva la esperanza del regreso.
   En tierras como estas de José Ignacio González es una casa de poemas grande y espaciosa en la que se acomoda la existencia y anida la incertidumbre de ser. El diario de un viaje, sin héroes ni épica, que registra en sus versos la voz de un personaje cercano y humanista, compartiendo memoria y sueños. El afán de escritura nunca se distancia del muro frágil de lo colectivo, ese espacio que sigue buscando amanecida y abrazo, que proclama en silencio que la palabra será siempre audible melodía, la sombra en vela de algún sueño.


miércoles, 22 de febrero de 2017

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. LOS NOMBRES DE LA HERIDA

Los nombres de la herida
Juan Ignacio González
Playa de Ákaba, nº 17
Getafe, Madrid 2016

LOS NOMBRES DE LA HERIDA

   Profesor y editor, Juan Ignacio González (Mieres, Asturias, 1960)  ha desarrollado una dilatada labor poética que inició en 1985 con la entrega Otros labios acaso. En aquellos versos dejaba sitio a un espacio de confluencia entre el sujeto biográfico y la conciencia social, como si fuese ineludible en su escritura frecuentar los desajustes de una cronología histórica e instalada en el presente que nunca calla el rumor desapacible de las erosiones.
  Así lo recuerda el prólogo “Los poetas, la poesía y las heridas del tiempo” de Noemí Trujillo, al que pertenece esta reflexión: “Este libro es pues una reflexión sobre el ejercicio de la escritura de la poesía y quienes lo ejercen, los poetas, nosotros los que deseamos llegar con nuestros versos por encima de las nubes y aún más allá, para sobrevivir al paso del tiempo. El poemario es, a su vez, un ejercicio de memoria poética, un ceremonial de adioses, un personalísimo manual de sombras y un homenaje a la danza, la música, la pintura y otras artes.”  
  Los nombres de la herida  sugiere que la existencia no es un sueño feliz sino un itinerario de pérdidas y cicatrices que se van acumulando en la piel de los días como una certeza de que, desde la amanecida hasta el ocaso: Corresponde habitar un tiempo de preguntas: “En ti se quedarán la sal y el astrolabio, / y contar los sonidos de la palabra / será el oficio entonces de todos tus desvelos “. Queda claro en los versos la razón de ser de la escritura: la palabra retiene la conciencia tenaz del aire respirado y ese discurrir aleatorio se expone en el poema como un intento de objetivar la experiencia y traducir las sensaciones que encontraron cauce en su cumplimiento.
 Juan Ignacio González emplea en sus poemas un léxico conciso que huye de la sobrecarga de imágenes y que asimila en su expresión el intimismo de la confidencia. Los poemas son pliegos sueltos de una conversación con el lector, una memoria de datos de quien fue anotando los apuntes dictados por el dolor y la ausencia. Existir postula marcar pasos en los linderos de la decepción, pero el poeta no convierte su lírica en un ejercicio de queja y lamentación, en una certidumbre de derrotas, sino que reescribe la esperanza, busca el cumplimiento de los sueños y hace de la palabra un destello de luz que deje en los relojes un poco de tibieza y claridad: “Y sé que  hay que incendiar de nuevo el mundo / como el abecedario incendia la escritura, / que amar urgentemente es necesario, que hay que prender las garras sobre el lomo / que anuncia la insondable cordura de los locos, / y agitarse, / como se agita el corazón cuando no hay esperanza “
  El poema enunciativo sirve para dar voz a otras identidades. De esas bifurcaciones del yo que asume el sujeto se nutren composiciones como “Memorias de un campesino polaco “, que sirve para recrear la barbarie de Treblinka en 1942, cuando las botas nazis asolaban la llanura europea y dispersaban las cenizas del odio en las páginas más tristes del siglo XX. De esa conciencia que reparte migas de esperanza se hace también el poema “Madres de mayo”, atado a la memoria de los desaparecidos argentinos en la dictadura y a los pañuelos blancos que reclamaron su regreso.
  La soledad y el dolor parecen viajeros que acaban de concluir un largo itinerario por lugares extraños. Por eso en sus rostros reflejan todavía el cansancio insomne de quien tuvo muchas horas los ojos abiertos para retener en sus sentidos los nombres de la herida. De esa sensación de pérdida y reconstrucción se hacen los poemas de Juan Ignacio González. La poesía se vuelve entonces un piso de alquiler, una casa ocupada donde dejar los sueños a resguardo.