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lunes, 1 de febrero de 2016

PEDRO OJEDA ESCUDERO. PIEL

Piel
Pedro Ojeda Escudero
Lf  Ediciones
Béjar, Salamanca, 2015


ENTRE DOS CUERPOS

   Frente a quienes prefieren el pulso juvenil como momento aconsejable para la práctica versal, la voz de Pedro Ojeda Escudero (Valladolid, 1963), poeta, ensayista y profesor universitario, fecha su amanecida en 2013 con el poemario Esguevas. Era un libro sensorial, con poemas que hacen del diálogo cordial con el entorno natural razón de escritura; cada paisaje es siempre geografía humana, ánimo que enuncia estar otoñecido y primavera. El escritor prosigue viaje con Echo al fuego los restos del naufragio, un volumen más intimista, y con el libro que ahora comento, Piel, dos ediciones del incansable poeta bejarano Luis Felipe Comendador.
   No viene mal para adentrarse en la espesura lírica de Pedro Ojeda Escudero visitar el blog “La acequia”, una iniciativa digital miscelánea que aglutina textos, reseñas e incidencias reflexivas sobre la rutina diaria y que sirve de guía lectora de El Quijote. Con todo, Piel es un mural que invita a la contemplación sin intermediarios, porque tiene el tono de voz de la confidencia y la cadencia cercana del intimismo compartido. Así nace una lírica despojada que expone el río secuencial de lo vivido. En ese estar diario a la intemperie, los sentimientos se convierten en raíz sustentadora, en soporte que aguanta la condición transitoria de la identidad. El yo se hace otro cuando tiende sus puentes y escribe una estela en el agua que no se borra, sea cual sea la fisonomía del cambiante escenario en el que sembremos nuestros pasos.
  El ámbito interior se va enriqueciendo con las percepciones acumuladas en el trayecto temporal que siempre nos advierten de la fragilidad de la belleza. Casi paradójica resulta en el poema “Abrazarte con fuerza” la estampa veneciana. El laberinto urbano multiplica un irrepetible patrimonio arquitectónico que registra la sobria belleza de la piedra; pero la marea sube y la inundación de los canales advierte al paseante que la erosión prosigue y que el desgaste pone entre las piedras un tacto crepuscular; también el arte tiene fecha de caducidad. Esa tenacidad del tiempo y su persistente vocación de derrumbe es asunto argumental que se reitera en distintos textos de Piel. La memoria del ahora conexiona, mediante la evocación, con el pasado y el regreso de lo vivido ahora difunde un rostro fragmentario, cubierto a veces por la silueta gris de la incertidumbre. Eso concede al amor, a la piel cálida y habitable de la compañía una condición de refugio y una textura de esperanza, un conocimiento de que la muerte solo se hará presencia cuando los hilos de luz olviden los sueños, o cuando la rutina sea incapaz de descifrar los caminos que marcan las huellas de la piel que son indicios claros de viva realidad: “Extensión del misterio:  / campo de dientes, labios / y torpeza de dedos, / tímida exploración de los secretos. / Cotidiana dulzura de la piel / recorrida, mordida y arañada: / comunión de sentidos. / Abrazarte, fragancias, besos, vida “.
  Se hace tangible el afán celebratorio de quien busca desprenderse del traje de invierno bajo la luz de abril. En Piel los versos olvidan la retórica del hermetismo para salir al día con un lenguaje necesario, nítido, consistente. Con él, se expone a todos que, en medio de la lluvia, la vida entera cabe en un abrazo: “El agua te llegaba hasta el tobillo. / Habitabas las hoces / con la serenidad de quien se sabe / a salvo entre los chopos “. Eje de simetría que pone en la piel la distancia más corta entre dos cuerpos. 


      


sábado, 24 de mayo de 2014

PEDRO OJEDA ESCUDERO. PAVESAS.

Echo al fuego los restos del naufragio
Pedro Ojeda Escudero
Fotografías de Javier García Riobó
El brut de los corazones solidarios
Béjar, Valladolid, 2014

 
PAVESAS

  La notable difusión digital del blog “La acequia” ha trazado un claro perfil intelectual del profesor universitario Pedro Ojeda Escudero. Desde hace unos años, sus entradas en la red son un impulso continuo de lectura y un soliloquio reflexivo sobre los titulares de la actualidad. Ahora presenta su segundo libro, Echo al fuego los restos del naufragio, que aporta en la edición con fines solidarios, junto a sus textos en verso y prosa, las imágenes de Javier García Riobó.
  No cuesta mucho enlazar la semántica del llamativo título con la sensación de agravio que genera un tiempo detestable. La incontenible crecida enloda un estuario de crisis individuales y sociales ante un futuro incierto que anula alternativas e invita a la deriva de soluciones individuales y reaccionarias.
   Desde este mirador de angostura, Echo al fuego los restos del naufragio supone una indagación autobiográfica de quien pretende saber las causas del naufragio con la lucidez de oír respuestas que no aboquen al desamparo o a un litoral de pesimismo nihilista y sombrío.
  Se ha escrito demasiadas veces que la poesía no sirve para nada, salvo para conocerse mejor; por ello el profesor Ojeda Escudero arranca su periplo indagatorio con un poema de partida: “Tras buscar un alma en ellos, / echo al fuego los restos del naufragio”. Con ese tono directo y enunciativo, sin hermetismos, los versos describen un entorno aterido donde lo temporal agita las tercas huellas de lo vivido. Las cosas no tienen alma, pero hablan de quien dejó en sus formas el tacto y la caricia.
   La historia cultural, desde Grecia, ha hecho del hombre medida de las cosas, así que resulta lógico abordar los efectos de la crisis en la epidermis del protagonista verbal. El parte de estragos y las manchas sombrías en la fachada de lo cotidiano son argumentos de otros tantos poemas que transmiten el clima de fragilidad vulnerable; así lo percibe la sensibilidad individual.
  La lectura de lo real nunca es continua; se hace con secuencias al paso en las que se alojan vivencias que van marcando la mirada. Somos para la muerte y esa finitud del cuerpo va ausentando presencias que durante mucho tiempo fueron refugio y compañía. Azaroso e imprevisible, el final de ciclo deja su rastro de hospitales y dolor, su dignidad escrita en el silencio de quienes contemplan los últimos latidos y su indefinición sobre el destino de cualquier existencia.
   Ninguna biografía traza una línea coherente; todos consumimos senderos que nunca despejan el horizonte, que suman desplazamientos de ida y vuelta o itinerarios sin estaciones finales. Pedro Ojeda Escudero describe su particular recorrido por la incertidumbre, con el lirismo de quien sabe que en algún recodo está la amanecida, un sitio de claridad y tierra firme que borrará los restos del naufragio. Que aventará pavesas.