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jueves, 19 de enero de 2023

SUSANA BENET. ESPEJISMO (Y OTROS RELATOS)

Espejismo (y otros relatos)
Susana Benet
Editorial Renacimiento
Espuela de Plata. Narrativa
Sevilla, 2022 

 

CONTRA EL TEDIO

 

   Susana Benet (Valencia, 1950) abre nueva senda en su pulsión literaria con Espejismo (y otros relatos), una panorámica de doce cuentos breves. Todos sus libros anteriores, Faro del Bosque, Lluvia menuda, Huellas de escarabajo, La Durmiente, La enredadera, Grillos y luna y Don de la noche, impulsaban una perseverante dedicación a la poesía como único género. En ese esfuerzo creador, el haiku se define como estrategia expresiva esencial; ratifica una delicada sensibilidad, capaz de recrear las relaciones dialécticas entre sujeto y entorno natural mediante una escritura concisa, emotiva y abierta al propósito comunicativo. El acento de Susana Benet ahonda en la mirada introspectiva y la percepción, y aloja en sus hilos argumentales el singular misterio de lo cotidiano.  
   El volumen Espejismo (y otros relatos) arranca con un breve liminar donde la autora reflexiona sobre la perspectiva personal como vocación sostenida en el tiempo. El taller fue forjándose desde el minimalismo discreto de la estrofa japonesa, para volar más lejos con el poema más extenso y, finalmente, buscar sitio también en la ficción en prosa. Así han nacido estos cuentos, escritos entre 2004 y 2020, que amanecieron en revistas y antologías, o que permanecieron inéditos hasta la concepción del presente balance narrativo. Las historias breves apuntan una variada gama de situaciones vitales. En su diversidad, conviven el desconcierto diario, la inquietud existencial y la incertidumbre generada por el entrelazado relacional donde discurre la convivencia con los demás. Desde esta disposición de ánimo nacen los textos de Espejismo (y otros relatos) que apuntan afinidades lectoras con Patricia Higsmith, Raymon Carver, Roal Dalhl, Anna Kavan, Natalia Ginzburg, Dorothy Parker y F. Kafka. Son lecturas de cabecera que zarandean la imaginación y se unen a las sensaciones que aporta a diario el oficio de vivir, esos itinerarios de memoria y olvido, de propósitos y recuerdos que diseñan la caligrafía de cada conciencia.
  La percepción autobiográfica alumbra las páginas del primer cuento, del que toma su nombre todo el libro. Casi biógrafo de sí mismo, quien escribe fusiona la voz omnisciente del narrador y la reflexión interior del testigo.  El marco de la casa deja una situación ambiental habitable y próxima, donde se confunden realidad e imaginación, como si ambos espacios estuviesen compartiendo cosas humildes y cercanas que expanden en su contemplación la seguridad de lo conocido, una multiplicidad de recuerdos fragmentados.
  Susana Benet apoya muchos de sus textos en las contradicciones de lo laborable. El sujeto no cambia su predisposición a percibir el entorno como una rutina donde se camufla la extrañeza. El presente es un patrimonio sensitivo que nunca deja sitio a la idealización. Las ataduras de lo corriente ofrecen vivencias casi a precio de saldo, como se explora en los relatos “Oportunidades”, “Resistencia” o “El plan”, donde nítido e intacto, se incorpora el humor con envidiable resultado final.
   Las historias de Susana Benet tienden a la introspección y al monólogo. Se hilvanan en el decurso temporal del ahora, casi siempre envueltas en una nube de normalidad. Todo está en calma. Alrededor aflora un estar sólido y consistente, roto de pronto por algún hecho insólito: un desconocido que regresa del pasado, una imagen visual en el parque que muestra una secuencia incomprensible de ausencias y desapariciones, o una visita al dentista que se convierte en un forzado encuentro carnal que deja en el aire si fue real, o simple efecto de la anestesia.    
   La soledad de cada personaje parece abocada a desempeñar pequeñas tareas anodinas, con dedicación precisa, como si en su empeño encontrara sentido el sinsentido de vivir. En ese borrador de aspiraciones, como una terca intrusa, la nada mantiene su trasfondo. Solo la cercanía de los elementos del paisaje, ese oscuro olor de la tierra, parece proclive a la autorreflexión y el y pensamiento. Lo mínimo es evocación y sugerencia, pasaje iluminador dispuesto a la propuesta interpretativa.
   La nómina ficcional de Espejismo (y otros relatos) apila hojas sueltas, escenas de un universo narrativo que busca amparo a historias personales y cotidianas, a través de un lenguaje confidencial, introspectivo, familiarizado con esos esos enlaces entre lo previsible y lo extraordinario, como sucede en el cuento “El árbol”, penúltimo texto del libro. También la mirada crítica, frente a la burocracia deshumanizada de algunos trabajos, se hace núcleo del relato final “El director es una lata”, donde, en palabras de la escritora, “el resentimiento se transforma en un relato burlesco”, aunque siempre desde el despojamiento y la contención.
   Susana Benet estrena género, pero su escritura preserva aspectos esenciales. Las palabras desvelan el misterio de esa verdad sencilla que impulsa lo diario. La naturalidad expresiva cultiva una estética de la mirada, una forma de ver y sentir, un acceso pactado con una realidad que esconde en su apariencia otra luz y otro cielo.


JOSÉ LUIS MORANTE



domingo, 15 de noviembre de 2015

TERESA GARBÍ. SAKKARA

Sakkara
Teresa  Garbí
Renacimiento, Espuela de Plata
Sevilla, 2015
LA VIDA EN TRÁNSITO

   La trayectoria creadora de Teresa Garbí muestra un abanico de géneros; integra literatura didáctica, ensayo, ediciones de obras clásicas y creación. Su entrega más reciente Sakkara reúne diecisiete narraciones breves con veneros que inciden en la prioridades vitales del ahora: el viaje, la mirada interior, la nostalgia que retiene el pasado impreciso, y la crónica social de un presente empeñado en contradecirse a cada instante que requiere sólidas convicciones.
   El primer relato, “Sakkara”, postula una ambientación realista testimonial, donde la ciudad de los muertos en El Cairo sirve de escenario. En sus laberintos se mueve Alí, un figurante proclive a la ternura cuyo destino, desde la infancia, es el estar provisional, una incertidumbre cobijada bajo detalles e imágenes sueltas que han quedado a resguardo en la memoria. Así sucede con la vieja pirámide de Sakkara que ha perdido su grandeza simbólica. El discurrir la muestra convertida en un puñado de arena, mientras alrededor se suceden los días como dunas móviles que las manos del viento moldean a su antojo.
   Otro paisaje, menos prestigiado por los referentes históricos, se descubre en “Parada en blanco”, donde la escritora abandona el exotismo de la lejanía para adentrarse en una geografía onírica, un paisaje sin tiempo en el que la normalidad se borra para empujar al sujeto accional hacia un trayecto extraño, un recorrido reflexivo donde lo temporal se diluye en una mancha de sombras. Entre el sueño y la vigilia está la distancia inaprensible de los itinerarios sin regreso.
   En bastantes piezas el viaje se convierte en coprotagonista. Muestra los desajustes del entorno y la inseguridad de una conciencia frágil que da un brusco giro a su forma de estar. Así sucede en el relato “Pobreza”. Una mujer de clase media que viaja a Lima decide explorar los barrios alejados de Miraflores, ese cinturón de subdesarrollo convierte el respirar diario en mero ejercicio de supervivencia. Más allá de las antiguas civilizaciones de Machu Pichu y del ajetreo estéril del turista que pasa de largo, está la condición  concreta de un yo empeñado en reconocerse en el despojamiento y en vivir la coherencia de su identidad.
   Teresa Garbí entrevera argumentos distanciados. Cada cuento conduce al lector hacia parajes de trazos disímiles: están asuntos bien conocidos en la narrativa corta española como la guerra civil o las figuras de esos derrotados ajenos a cualquier época, y está otro tema candente en los medios de comunicación: el acoso femenino y la negación de la libertad; también el íntimo homenaje al viejo profesor que un día deja la estela leve de la docencia, con el gesto resignado de salir del aula y hacer de su experiencia docente un pálido recuerdo. Las páginas finales abogan por el coloquialismo autobiográfico. El relato se pormenoriza para dejar sitio al soliloquio y a la emoción lírica; en él se percibe el gusto por el detalle descriptivo y por los recovecos de la palabra interior.
   Las historias de Sakkara recorren líneas de una realidad fragmentaria en la que es posible capturar matices y emociones del latido del tiempo. La existencia es tránsito; se abre cada día como un horizonte difuso cuyos contornos adquieren la forma maleable de un montón de arena que dispersa el viento.