miércoles, 31 de mayo de 2017

CUENTOS DIMINUTOS (EN FAMILIA)

Abandonos
Fotografía de WORDPRESS

EN FAMILIA

La resignación es un suicidio cotidiano.

HONORÉ DE BALZAC

   En casa no nos gusta incomodar a nadie, señor comisario. Las cosas son como son. No hay indicios pero todos buscábamos algo. Mi madre buscó siempre el sosiego en la farmacia; mi padre en la mudez de un cigarrillo, convencido de que el cansancio y el frío están en las palabras; mi hermana, cuando niña, en el reclinatorio de la ermita y después en la esquina más rentable del polígono sur. Yo que no busqué nada, encontré un libro y en él sigo.
  Vivimos juntos el abuso feliz de sentirse en familia. Repare usted, señor comisario, que en nuestra casa los sueños nunca dieron ningún paso.

(De Cuentos diminutos)  


martes, 30 de mayo de 2017

JOSÉ LUIS CANCHO. LOS REFUGIOS DE LA MEMORIA

Los refugios de la memoria
José Luis Cancho
Papelesmínimos Narrativa
Madrid 2017

DISOLUCIÓN


   La memoria personal habla en pasado. Su arquitectura se ha ido alzando en el perdurar y no tiene otra raíz que las arenas movedizas del recuerdo. Sólidas o etéreas las secuencias vitales están ahí, como un magma sedentario; constituyen el patrimonio básico en la marcada estela de la identidad del sujeto. Ese afán de venir desde otro tiempo es la casilla de salida del texto autobiográfico Los refugios de la memoria de José Luis Cancho (Valladolid, 1952). Poeta, novelista, maestro durante una larga temporada, y residente en Pasaia, un municipio vasco, desde 1994, fundó las revistas Caballo Canalla a la Calle y Los infolios, la última junto al poeta y crítico Miguel Casado. Como narrador  escribió la trilogía El viajero junto al mar, Grietas e Indicios, que constituye una ficción autobiográfica introspectiva con muchos nexos de conexión entre el protagonista biográfico y el figurante verbal.
   También Los refugios de la memoria sondea el laberinto interior para recuperar los días de infancia y juventud, la militancia política, y solventar un balance literario con mirada crítica. Desde estas premisas entrelaza como centro narrativo el decurso individual con el tiempo histórico de los últimos años del franquismo. José Luis Cancho se integra muy pronto en los ambientes del compromiso y va a convertirse en un incansable activista de la oposición al régimen. Su militancia en la extrema izquierda, bien conocida por la policía política, marca un hito en los medios de comunicación de la época porque durante un interrogatorio cae al vacío al ser arrojado por la ventana de la comisaria. Sufre un gravísimo quebranto físico. Aquel ejercicio de brutalidad policial llevó a la denuncia de los torturadores – cuyos nombres y apellidos siguen ahí como ejemplos de horror e impunidad- y, tras la lenta recuperación hospitalaria, el militante es condenado a prisión, donde estará durante dos años, hasta la amnistía política decretada tras la muerte del dictador.
   Pero en la conquista de la libertad no hay ninguna épica porque sobreviene la decepción y la incertidumbre. El contexto social ha cambiado y la utopía revolucionaria se estrella contra un muro de intereses y contingencias circunstanciales que abre senda a la aplicación práctica del liberalismo burgués. Llega la soledad y esa voz clausurada que obligan a replantearse el rol del yo ante su vocación ética, mientras en la calle comienza la amanecida de la transición que obliga a pactos, acuerdos de mínimos y abundantes olvidos. Aquel gesto expansivo del compromiso languidece, y el estar cotidiano va ocultando la cabeza en la propia intimidad para sentirse ajeno al ideario que vertebró el discurrir biográfico durante tantos años.  Es la disolución, ir pisando sustratos de una realidad inadvertida en la que nada permanece como si cada instante fuese solo una espera pactada.
   Los refugios de la memoria es una reconstrucción que tiene una epidermis de tristeza –también de gratitud al puñado de sombras que hicieron solidario y habitable el trayecto-; quien se mira en el espejo lo hace con sincera desnudez, rechazando en todo momento el didactismo heroico o la mitificación. Cuando vuelve, como Ulises, es nadie. Queda un testigo que se mira a sí mismo con los ojos cansados del extraño: “Las imágenes giraban ante mí fundiéndose y superponiéndose como una noria desprovista de sentido, como en un movimiento sin progreso”. José Luis Cancho habla en voz baja de unos ideales que alentaron un sueño persona y que lo transformaron en “un lobo estepario”, un transeúnte sin casa ni ciudad, una sombra que ahora llega pujante y fuerte, con la precisa nitidez del destino cumplido, con ese halo que exige a los demás el abrazo entrañable de la complicidad y del respeto. Lo vivido conforma también una memoria colectiva, la estampa de una época donde rostros anónimos moldearon una esperanza, la brizna frágil de una amanecida.




lunes, 29 de mayo de 2017

ARQUEOLOGÍA DEL YO

yacimiento arqueológico de Las Cogotas
Fotografía de
Rubén Sánchez Santana

PIEDRA CALIZA

     (Epitafios)
   


He soñado con la realidad. Con qué alivio me he despertado.

                                                                                               STANISLAW  J.  LEC

  
                                   II

Otra noche.
Sobre mí  prosigue su labor
la luna quieta.
Carezco de otra luz.

                                   III

Queda mi nombre
y la serenidad de este paisaje
que no sabe quien fui.

                                   IV

Agudizo mi vocación fantasma.
Miro sin comprender
y reclamo razones para estar en la nada.
No hay respuestas;
la pureza del aire
habita el desamparo.

                                    V

Un manto de raíces y una brizna de sol,
pero las formas se han desvanecido
en el escaso jugo de una tierra estéril.
Estoy con otras sombras y nos une
la mansa convivencia,
el aire de familia
de los que nada piden al futuro.

                                 VI

Vuelven los ecos y dibujan mapas,
un recorrido de memoria y sueño
que convierte al que fui
en terco pasajero de otra ruta
que ya no identifico.
El pasado se puebla
de restos arqueológicos.

   (De Ninguna parte, Sevilla, 2013)



                               

domingo, 28 de mayo de 2017

JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. AFORISMOS

Artilugios
Javier Sánchez Menéndez
Takara Ediciones
Sevilla, 2017
AUTORRETRATO FRAGMENTADO

   La escritura de Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) agrupa un corpus variado y complejo, aunque en su transcurrir la poesía se define como cauce central. En 2017 el escritor añade a esta suma de géneros otra faceta formal, el aforismo, con dos trabajos simultáneos: Artilugios, obra impulsada por el recién amanecido catálogo de Takara, y La alegría de lo imperfecto, aparecido en Trea, una de las estaciones aforísticas más consolidadas.
   En el punto de intersección entre filosofía y literatura, el aforismo crece como un prisma en el que se conjuga lo diverso. Así lo constata el legado de la tradición en castellano al analizar la obra de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, José Bergamín o Max Aub, por citar voces de recorrido obligatorio. Análoga visión comparte Javier Sánchez Menéndez al configurar sus entregas con voluntad abierta para que sean testigos del acontecer y reflejos especulares de la sensibilidad del sujeto verbal.
   El primer paso aforístico, Artilugios hace de su título un recuerdo contundente de Nicanor Parra. Los lectores conocen el sostenido trasvase textual y las afinidades con el magisterio de la antipoesía. La denominación no es sino un paso más, un trazo subrayado de coherencia en los rasgos internos del autor. En el primer apartado la reflexión se hace miscelánea; en ocasiones exponen los textos el afán metaliterario: “aforismos: ilusiones momentáneas”, “La poesía es el amor a la lectura”, “en el mundo de la interpretación el poeta es el oyente”; otra veta a sondear es la sociología que disgrega el entorno, ya sea literario, político o personal: “Si en España unes la universidad y la crítica literaria el resultado es peor que la mezcla de grasa o azúcar”, “En la sociedad actual se potencia, se valora y se vende todo aquello que no nos haga pensar”, “Lejos es el espacio más cercano al hombre”, “La incertidumbre provoca brevedad”, “Nadie toca la luz con las manos mojadas”.
   La sensibilidad que aflora en Artilugios detesta el conformismo y convierte su voz en una leve astilla crítica que punza la piel de la resignación, que hace de la ironía un efecto verbal continuado, como quien escribe un manual de instrucciones para vivir en otro planeta. El pensamiento trasmite la angustia de quien sabe que desde la razón es difícil juzgar sin cerrar los ojos.  


La alegría de lo imperfecto
Javier Sánchez Menéndez
Trea Ediciones, Colección Aforismos
Gijón, Asturias, 2017

   El aserto La alegría de lo imperfecto estaba en los textos de la primera salida aforística, “Artilugios”, que aquí se constituye como sección inicial. La circunstancia clarifica el hilo entre ambos libros, ya que las reflexiones en primera persona no son sino expresión de la identidad y de su manera de mirar alrededor, no tanto desde el sentido práctico de quien se abre paso en una realidad tangible sino en los senderos azarosos del verbo conceptual. En ella quedan claros las superficies reflexivas que agitan las ondas del pensamiento: la literatura como ocupación fundacional del yo, el sujeto individual y sus enlaces sociales y ese puñado de certezas que nos conceden claves de uso para acceder a lo diario.
   El cuerpo central del libro reactiva la pupila ética, aunque nunca de forma monolítica;  compendia frases vinculadas a la dermis social del presente e indaga en esas cicatrices que dejan en la mirada un poso de melancolía: “vivir es como naufragar, pero sin agua”, “nunca existe el mañana si no crees en el hoy”, “El precio de la libertad es la soledad”…
  El apartado de cierre, “Vanidad” supone una variable formal, ya que la frase incisiva habitual en el discurso fragmentario se sustituye por un pensamiento en torno al espacio oscuro de la egolatría, aunque persiste la dicción precisa y el esqueje irónico.
  El aforismo actual se ha hecho visible y mantiene un ajetreado peregrinaje de practicantes; su expresión paremiológica multiplica entregas, muchas de ellas triviales y anecdóticas. Las dos salidas de Javier Sánchez Menéndez, Artilugios y  La alegría de lo imperfecto permiten una adecuada valoración crítica. Ambas comparten  una mecánica similar: frente al oropel deslumbrante de los adjetivos  prefieren la palpitación serena de la frase que busca aprehender la realidad con la paciencia de un corredor de fondo. Para no perder aliento, para seguir caminando en ese círculo de incertidumbres que abre a trasmano la personal travesía vital.



  

sábado, 27 de mayo de 2017

FERNANDO ARAMBURU. PATRIA

Patria
Fernando Aramburu
Tusquets, Colección Andanzas
Barcelona, 2016
EN EL LABERINTO

  Pocos términos contienen la ambigüedad semántica del sustantivo “patria” y son escasos los nombres comunes que han prodigado más argumentos para la demagogia, el fanatismo y las convicciones totalitarias en el suelo yermo de una realidad nublada. Sin embargo, sus letras definen una localización de coordenadas precisas. La patria es el lugar común de la convivencia, esa plaza pública que aglutina una identidad colectiva y mestiza, hecha hombro con hombro en el discurrir del calendario.
  Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), licenciado en Filología Hispánica, y residente en Alemania desde 1985, donde trabaja como profesor de español en la localidad de Lippstadt, es autor de una extensa obra en prosa iniciada en 1997 con  Fuegos con limón, obra ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna. Su recorrido literario aglutina ficciones y cuentos. El escritor titula Patria su última novela, una recreación repleta de verosimilitud de la vida en Euskadi tras el anuncio de la banda terrorista ETA de poner fin a su tenebroso fanatismo. A partir de ahí se abre un ahora complejo; caben distintos enfoques al abordar los cambios de un trayecto común, transformado en espeso laberinto. En el escenario vasco toma sitio un marco convivencial entre asesinos, callados, indiferentes y víctimas; todos deben realizar gestos añadidos al alero de lo necesario como el reconocimiento del daño, el perdón y la necesidad de salir adelante sin que el resentimiento sea la brújula que incomode la paz social.
  En ese contexto histórico se sitúa la dolorosa historia de Bittori, una mujer viuda que regresa al pueblo tras el anuncio de la tregua para abrir la puerta del pasado y rememorar los acontecimientos que llevaron al asesinato de su marido. El supuesto justiciero es hijo de los amigos de siempre; pared con pared, fue cavando el largo túnel hacia el independentismo radical, llenando la mochila de la sinrazón con palabras justificatorias: patria, liberación, independencia, lucha social, fuerzas de ocupación en Euskal Herria…
  Es difícil adentrase en la lectura de Patria sin tomar partido ideológico. Los capítulos exigen una parada obligatoria en ese largo tiempo que llenó de atentados las calles de Euskadi, con el silencio de tantos cómplices, con la mirada hacia otra parte de los que dejaron solos a quienes señaló la diana. Fernando Aramburu abre el argumento de alta temperatura dramática a una concurrida plaza de actores, para que cada uno juegue el papel asignado por su propia conciencia. Pero en esta coral sobresale con singular relieve la entereza de Bittori, la viuda del Txato. Su regreso provoca de inmediato la inquietud de los otros figurantes del drama como sus hijos, Xabier y Nerea, o el heterogéneo vecindario del municipio. El vacío a su alrededor es visible, y los gestos ambiguos de los equidistantes, como el cura Don Serapio, que establece una cínica teoría de cristiano que perdona y se resigna y antepone la conveniencia política a la auténtica fe cristiana, aunque sea bajo el disfraz de la reconciliación. También el empeño de Miren, la madre del terrorista Joxe Mari de alinearse en el espejismo de la lealtad ideológica para no ver la sangre en el comportamiento de su hijo o para argumentar el asesinato de su antiguo amigo como un acto necesario de la lucha armada.
  La novela de Fernando Aramburu vuelve los ojos a un periodo convulso muy cercano en el que entremezclaron intrahistorias individuales y los pasos torpes de una cronología social cuyas heridas no han cicatrizado, un tiempo en el que el fanatismo nacionalista hizo del terror un argumento político, con el silencio de muchos ante el laconismo inmutable del tiro en la nuca. Y aún así, “hay que llenar la vida de argumentos, tener un orden una dirección, poner a cada amanecer un motivo de veras estimulante para saltar de la cama, si no con ilusión al menos con energía e impedir que de pura inactividad se te anquilosen hasta los pensamientos” (p. 476).  


   

 






                 

viernes, 26 de mayo de 2017

AQUEL DESCONOCIDO...

Escarcha


DESCONOCIDO


Fue su lecho una noche
aquel rincón de fronda
donde acuden las sombras en tumulto.
Y su dormir tenía
el sello del futuro en cada gesto.
Al alba despertó,
se restregó los ojos ateridos
y caminó, solícito, a mañana.
Cómplice de su dicha,
alcé la mano,
y no supe seguirlo sino de pensamiento:
-Pues la jornada es dura
y no habrá nadie esperando tu vuelta,
lleva siempre contigo
una abundante provisión de fe.

             (De Rotonda con estatuas, 1990)


jueves, 25 de mayo de 2017

HILARIO BARRERO. EDUCACIÓN NOCTURNA

Educación nocturna
Hilario Barrero
Edición de José Luis García Martín
Editorial Renacimiento
Sevilla, 2017

INVITACIÓN A LA MEMORIA


  El quehacer de Hilario Barrero (Toledo, 1946) es cuajado y coherente. Despliega su largura en géneros simultáneos hasta completar un mosaico donde los espacios reflexivos son similares porque el álbum mental y la sensibilidad del yo están siempre entre líneas. En el fondo de la mirada se exponen los ángulos de su relación con el mundo. En el quehacer indagatorio de la escritura, su tesela mayor es la poesía. Es una constante personal que inicia camino en plena década novísima con el cuaderno Siete sonetos editado en 1976, apenas un par de años antes de comenzar su estancia en USA, para dedicarse a la enseñanza, primero en la universidad de Princeton y después, como profesor titular, en  la de Nueva York. Esa lejanía geográfica es soliloquio y experiencia en sus diarios, así que el laberinto urbano de Brooklyn nunca queda lejos, basta con tender la mano a la autobiografía para que la añoranza se transforme en descubrimiento; para sentir al poeta recrear el discurrir o regresar al azul claro de la infancia, como si los días fuesen trayectos de retorno y necesidad de buscar el origen.
   En la aurora de Siete sonetos opta por la habilidad métrica de las formas cerradas para compartir la constante vigilia del enamorado y su lumbre sentimental. Después asume un estar invisible que no se quiebra hasta 1999, cuando su poemario In tempore belli consigue el Premio Gastón Baquero. El título remite a la música del maestro Josep Haydn y en sus poemas no faltan algunos elementos básicos de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, no en su filiación surrealista ni en el utillaje formal porque Hilario Barrero busca la claridad expresiva, sino en el concepto del miedo y la superación de conflictos personales. El ideario poético se ha renovado y el protagonista verbal intensifica su pupila observadora en la que confluyen niveles temáticos dispares.
   El profesor Barrero se presta a recorrer un nuevo tramo a paso lento del que son reflejos Luz Ilesa (2008), Agua y humo (2010) y el poemario Libro de familia, que recoge composiciones escritas entre 2001 y 2011 y que me parece, sin discusión, el libro más representativo del autor. El volumen aporta una introducción de José Muñoz Millanes cuyo análisis concede al discurso lírico un enfoque existencial. La escritura no es sino el reiterado intento de responder a las cuestiones centrales del existir y los efectos quebradizos del tiempo; también sondea enlaces con el verbo poético de Robert Lowell, otro acierto sin duda porque la práctica de traductor, bien representada en las versiones de Lengua de madera y en La esperanza es una cosa con alas, reciente traslado al castellano de los poemas de Emily Dickinson, hace que su inmersión en el espacio lingüístico norteamericano sea un quehacer natural.
  No he hablado hasta ahora del talento plástico de Hilario Barrero. Es una cualidad que suma imaginación y belleza; dota a sus creaciones de un onirismo que trasciende lo real abriendo una dimensión más amplia. Lo vemos en las cubiertas de la colección Cuadernos de Humo, primorosamente editada, y en Tinta china, una compilación de haikus, con ilustraciones realizadas por el propio poeta. En ella reflexiona sobre la claridad expositiva: “Que el verso sea / como una doble llave/ abriendo heridas”; son palabras que refuerzan el propósito comunicativo y no borran en su diálogo la sensación de intimismo y apertura de sentido. Eje argumental es el transcurso que requiere el testimonio sensorial de la palabra. Cada haiku sirve de acogida a un fragmento de lo transitorio, una realidad matérica que desperdiga indicios en el tránsito diario, pero también se abordan ideas conceptuales, definidas en sensaciones y sentimientos que establecen puentes relacionales entre el acontecer y las cosas. Hilario Barrero deja en Tinta china casi un centón de haikus. La estrofa exige siempre lucidez, precisión verbal y ese deslumbramiento que convierte al verso en  un relámpago, en una caligrafía de luz que se refleja sobre el suelo mojado del poema: “Sobre el papel / llueve sobre mojado / el último haiku “.
   Ya he comentado que la entidad de Hilario Barrero es trasversal, se desdobla en facetas que no crean entre sí ninguna controversia; pero yo seguiré poniendo el acento esdrújulo en su poesía. En su antología poética Educación nocturna se reúnen abundantes inéditos junto a una muestra de  poemas de las entregas citadas. Caminan con otros pasos, como si hubiesen decidido componer una amanecida unitaria que suena a nuevo libro; así lo resalta José Luis García Martín en el prólogo. Los apartados exploran reincidencias definidas: la memoria afectiva, el descubrimiento del deseo, el modo subjuntivo como acción posible  del discurrir y el espacio habitable de lo urbano donde es posible vadear las aceras de la extrañeza ante los estímulos externos que la configuran.
  Su voz lírica asimila conocimiento intelectual, tejido emotivo y la necesidad de vivir en la temporalidad que tienen las palabras necesarias, las voces del poema.  La escritura es una forma de recuperar la casilla de salida. Se vuelve al principio para mirar el fondo del vaso y construir con los versos una autobiografía moral. La poesía camina hacia fuera y nos deja en Educación nocturna un relato poetizado de saltos temporales, como si solo buscase en lo vivido los momentos clave. El sujeto va fijando contornos y vivencias que antes o después quedarán inadvertidas y en silencio, fuera de plano, donde el mar termina.