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lunes, 4 de marzo de 2013

CARLOS IGLESIAS DÍEZ. UMBRAL.

 El niño de arena
Carlos Iglesias Díez
Deva, Gijón, 2012

   Con terco sosiego, la colección Deva, promovida por el Ateneo Obrero de Gijón, dirigida por el profesor, poeta y ensayista José Bolado –último Premio de la Crítica en el Principado de Asturias-, incluye en su catálogo la carta auroral de Carlos Iglesias Díez.
   Arropan esta entrega dos referentes amicales, Fernando Beltrán, que firma la solapa de inicio con un breve impresionista, y Rodrigo Olay, autor de un epílogo cernudiano sobre las contingencias de esta salida. El niño de arena  fecha sus poemas entre 2003 y 2011, y articula su evolución en tres apartados, “Los restos de la noche”, “Briznas” y “Puntos suspensivos”.
   Los versos optan, desde el inicio, por un formato breve, narrativo, con asuntos que entremezclan evocación y sugerencia, sin que halla un hilo argumental predominante ni una única perspectiva. El sujeto poético fluctúa entre la voz distanciada de la tercera persona y el uso de un tú dialogal que requiere un interlocutor cercano. En el primer conjunto poemático, “Los restos de la noche”  los versos confían su eficacia en novedosas imágenes, que generan en la lectura un asombro cómplice: “Quise hundir las manos/ en tu vestido negro/ y, al final,/ el tiempo/ me las cubrió de escamas.” El segundo apartado, abierto con una amplia cita del poeta Luis García Montero, se unifica desde el punto de vista formal por un mayor despojamiento, incluso en los títulos de poemas, que son siempre sustantivos con amplia carga semántica. Así lo percibimos en “Memoria”: “Los recuerdos, / observándome, / desde el ojo muerto / de un pez.” Los versos componen quietas instantáneas que resumen una secuencia vital, con una cercanía a la esencial filosofía del haiku.
   Resalta el papel que Carlos Iglesias Díez concede a la música de cantautor, tan definida por su empeño en unificar melodía sonora y contenido sociológico en las letras. Si Leonard Cohen firma el pórtico del poemario, en la primera parte se incluye un homenaje al desaparecido Antonio Vega, que puso voz a un tema generacional, “La chica de ayer”; el fondo sonoro persiste en otros poemas como “Chocolate” y “Futuro”.
   En el tramo de cierre, cuyo título, “Puntos suspensivos” nos deja la idea de un final abierto, de una futura senda que habrá de sumar nuevos pasos, se focaliza más el entorno, aunque siempre descrito de manera indirecta a través de un diálogo con los sentimientos en una contextura temporalista.
   El niño de arena es el umbral, preciso y acertado, a un territorio creativo en el que se nos da cuenta de las consideraciones de un yo que deja en palabras las interrogaciones de los días, esas filigranas que marcan la caligrafía de los sentimientos

 

martes, 9 de octubre de 2012

JOSÉ BOLADO. LA BUENA INTENCIÓN.

La buena intención
La bona intención
Xosé Bolado
Impronta,  Gijón, 2012

José Bolado (Oviedo, 1946) se incorpora con su poemario bilingüe, La buena intención, al jovencísimo catálogo de Impronta, una aventura editorial centrada en el ala nórdica de la lírica contemporánea.
En la poblada nota de agradecimientos con la que el poeta y ensayista abre esta entrega, “el archivo de la memoria, subjetivo y emocional en su gobierno de palabras secretas, ha servido de fuente a estas páginas”. Queda claro; La buena intención  se define como un poemario intimista, anclado en el transcurso de lo vivencial, que arranca con un poema homónimo, cuyo formato se mantiene en todo el libro.  El poema en prosa prologal elige como ámbito la primera posguerra, el tiempo gris y encogido de la autarquía, pero anula cualquier deriva hacia el patetismo porque el tiempo histórico se sugiere, halla la densidad precisa de un encuadre que, de inmediato, remite a una evocación más amplia. El lector debe extraer de su propio patrimonio afectivo.
   En cada texto la voz poemática recurre al curso verbal de un narrador lírico que aporta objetividad y distancia; de este modo, cada poema se conforma con una secuencia con selectivos detalles visuales. Lo vivido entonces se llena de levedad y transparencia, es una estela frágil, como el vuelo de un tordo, un recuerdo dormido en la conciencia que las palabras desperezan y se afanan en compartir.
   El avance poemático traza una cronología sentimental; la luz de la memoria ilumina los días de infancia, ese tiempo auroral en el que todavía los sueños se presentan con color y relieve, incluso cuando empiezan a formularse las primeras preguntas.
   Con paso nervioso avanza el discurrir hacia la despedida. El tiempo baja los últimos escalones de la despedida y antes de la ausencia queda el testimonio cálido de un núcleo relacional cercano y entrañable.
   La verdad se refugia en las palabras. Es en ellas donde la realidad muestra sus aristas, esas líneas que tiemblan en la evocación e insisten en el desconcierto. En el cristal de los días se acumulan los reflejos de aquello que perdemos, pero hay sombras que se fijan inalterables porque son parte de un patrimonio personal. De esas sombras vivas y tangibles hablan los poemas de La buena intención, un poemario intenso, sereno y emotivo que rescata el latido del ayer y apacigua el dolor de la pérdida.